En memoria de Julián Restrepo Marín
En ocasiones es difícil aceptar nuestro destino, levantarse y continuar el camino después de un golpe fuerte, cuando se queda sin esperanza, y parece que el mundo llega a su fin…
Era 17 de marzo. Nacía la segunda semilla de un amor bizarro, y era lo que todos esperaban, un varón. La felicidad se reducía a los rostros de Juan y Emilse, padres nuevamente; su primogénita ya tenía cinco años, pero no les importaba comenzar una vez más esta labor.
Emilse era una mujer dedicada a su hogar. Había hecho sus locuras cuando estaba más joven, pero ahora su motivación era velar por el bienestar de sus hijos. Juan proveía el sustento económico de la familia, mientras Nathaly y Julián crecían en un ambiente estable y feliz. El orgulloso padre disfrutaba las primeras palabras, los primeros pasos, sonrisas y el cariño de su heredero. Trabajaba todo el día. Era una larga jornada para poder llegar donde su familia; mientras tanto su esposa se ocupaba del hogar, de las tareas de Nathaly, la protección de Julián, y tener la comida lista para cuando él llegara.Habían transcurrido ya unos dos años desde aquel 17 de marzo, y un pasado que él creía curado vino de visita a esta familia, poniendo esa estabilidad que se había tenido, en la cima de una empinada montaña. Juan fue puesto en prisión, por un crimen que se suponía estaba pago y claro ante la ley.La angustia se apoderó de estos cuatro corazones. Un padre privado de su libertad no puede hacer nada por su núcleo, es impotente ante la situación, y a una madre, desconsolada, sólo le queda correr a los brazos de su progenitora, el único lugar donde puede estar mientras pasa la tormenta. No tenía dinero, ni casa, ni trabajo, todo eso estaba ahora tras los barrotes de una celda. Los días pasaban, y al ver que la situación no se resolvía, resignada, decide empezar a buscar una escuela para sus hijos.
Ella había salido de la casa de sus padres, aquella finca en San Vicente, con la intención de volver sólo de paseo; pero el destino no tenía planeado eso, y ahora estaba buscando un cupo para sus hijos en la misma escuela donde ella estudió.
El cambio de vida era fuerte, desde la educación, porque los recursos de las escuelas rurales son escasos, hasta la rutina diaria de las labores del hogar.Esta era una casa grande, construida en tapia. En sus amplias mangas había vacas, cerdos, gallinas, un típico hogar de campo. Detrás de la casa pasaba una quebrada; a sus alrededores habían arboles de guayabas, y cada que se podía aprovechaban las tierras cultivando toda clase de alimentos.El tiempo corría y aquel inconveniente que se creía pasajero, se extendió cuatro años. La imagen paterna, en especial para el niño, había sido su abuelo. Pasaban mucho tiempo juntos, se podría decir que se amaban. Para un anciano de setenta años es grato compartir con un niño, más aún si es su nieto y más aún si ese nieto no lo ve como un abuelo sino como un padre; eran cómplices de travesuras, el viejo se volvía niño para hacer feliz a Juliancito, como él lo llamaba. Pero como si no fueran suficientes los golpes, el amado abuelo murió.
Era un hecho que se esperaba desde hacia unos meses, por el delicado estado de salud del anciano, sin embargo, la tristeza no se puede ocultar, y menos en aquel niño que acababa de perder a su padre.
Pasó casi un año después de este incidente. La herida seguía abierta, pero las cosas parecían mejorar, Juan estaba libre, su alma era la que apenas empezaba a aprisionarse.
Al salir de la cárcel, como es de esperarse, estaba desubicado; pero tenía que reponerse rápidamente para buscar un empleo y regresar a su familia la tranquilidad arrebatada. Mientras esto se daba permaneció también en la casa de su suegra, allí encontró una esperanzada mujer, una hija algo tímida, pero más que todo, un hijo tratándolo como a un desconocido. Por más que Emilse les recordara a sus pequeños que tenían un padre ansioso de verlos, es imposible para un niño de seis años reconocer a un hombre como su padre sólo porque se lo digan; estaba muy pequeño cuando él se marchó, no podía recordarlo.A este hombre, afligido por un desprecio del cual sólo el destino era responsable, se le comienzan a complicar las cosas. No encuentra un trabajo y en aquella finca de San Vicente la economía se empieza a ver afectada, eran muchas personas para los ingresos que se recibían.
Nathaly se la pasaba estudiando y en sus ratos libres jugaba con los primos que vivían cerca. Julián también estaba en la escuela, nunca fue el más dedicado a las labores académicas, pero de alguna forma se las arreglaba para ganar los pocos años que cursó. Él, en cambio, pasaba más tiempo jugando sólo que compartiendo con otros niños, parecía que le agradaba la soledad. Se subía a los árboles y decía que iba a llegar hasta donde su abuelo, correteaba diciendo que era un guerrillero, y haciendo cosas no muy comunes para un niño de su edad.
Los soles y las lunas de cinco meses pasaron por la finca que guardaba los secretos de la familia. Juan trabajaba en lo que le ofrecieran, nada estable, pero cualquier ayuda era una bendición muy bien recibida.
Un domingo, 17 de octubre, la abuela como de costumbre salió para la iglesia con todos sus nietos, todos, menos Julián, él decidió quedarse con sus padres en aquella casa enorme. Se asomaban las cinco de la tarde sobre el horizonte. El sol bajaba en medio de las dos montañas que quedaban en frente de la morada, eran 60 metros cuadrados para tres personas. Emilse y Juan estaban acostados, veían televisión tranquilamente, mientras el residente faltante, jugaba solitario por aquellas mangas.
Entraba ya la noche y Emilse salió por su pequeño. Le gritaba, como cualquier madre, esperando la respuesta, lo hizo una vez más, pero no recibió respuesta; en ese momento sólo pensó que el niño en medio de sus juegos se fue demasiado lejos, donde su voz no alcanzaba a llegar. Caminó varios pasos mientras continuaba llamándolo; su corazón comenzó a acelerarse. Era un espacio muy grande para un ser tan indefenso. Regresó a la casa en busca de su esposo. Éste, como cualquier padre lo hubiera hecho se levantó y la ayudó, pero no creyó que fuera algo tan grave como para desesperarse. Ambos gritaron, llamaron, caminaron. Los minutos corrieron, llevaban casi una hora en su búsqueda y no hallaron respuesta. Juan, quien era el que trataba de calmar a Emilse en su incontrolable angustia, también comienza a exasperarse. Quedó claro que dentro de la casa no estaba, y que no era una broma que les estaba jugando, había pasado mucho tiempo para esto. Habían buscado en cada rincón, debajo de las camas, detrás de las puertas, en los inmensos prados, así que la última opción fue salir de la finca. En el campo las casas están separadas considerablemente, por esto pensaron que el niño podía estar con un vecino y que los gritos de sus padres no llegaron hasta allá. Se dividieron las casas cercanas para buscarlo. Pasaron varios minutos, y ambos iban corriendo, preguntando, pero cuando se volvieron a encontrar, ninguno tenía razón, sólo había ya decenas de personas en las calles ayudándolos a buscarlo.No sabían qué más hacer, no sabían donde más buscar. Regresaron a la casa guardando la esperanza que el niño hubiera vuelto, que los estuviera esperando, jugando solitario en el lugar donde creció.
Entraron a la finca. Angustiados caminaron unos cuantos pasos sobre aquel inmenso prado, y antes de llegar a la casa, tras una pequeña casucha hecha de madera, donde se guardaban rebujos, los esperaba su hijo quieto, estático. No era así como esperaban verlo. Tenía una cuerda amarrada a su frágil cuello y colgaba de la baja rama de un árbol.
Corrieron hacia él y estaba morado, casi negro, pero ellos decían sentirlo respirar, con la velocidad que sus cuerpos invadidos de temor les permitía, salieron a la calle en busca de un carro que los llevara hasta un hospital; el más cercano estaba a unos cinco kilómetros, y aunque hubiera uno más cerca, ya era tarde. La vida de su hijo, de su semilla, de su pequeño, corrió ante sus ojos y se fue, al igual que su sueño de bajar la estabilidad de esa montaña en la que se había trepado. Eso era lo que el destino les tenía preparado. Afortunadamente el tiempo ha ido sanando aquella herida. Su hijo está presente en todo momento; pero ahora el hecho se recuerda, aunque con unas cuantas lágrimas en el rostro, con menos dolor.
Actualmente la familia vive en Guarne, Juan tiene un trabajo más estable, y están tratando de conseguir su casa propia. Nathaly ya esta cursando noveno, y Emilse está, una vez más, dedicada al hogar. Hace dos años llegó un nuevo integrante, Mateo, no como un reemplazo del hijo que se fue, sino como un tercer hijo, con el que desde siempre había soñado la pareja.
El pasado 17 de octubre, regresaron al cementerio de San Vicente por los pequeños huesos de Julián, la prueba tangible para el mundo, de que hay un angelito cuidándolos desde el cielo.
Era 17 de marzo. Nacía la segunda semilla de un amor bizarro, y era lo que todos esperaban, un varón. La felicidad se reducía a los rostros de Juan y Emilse, padres nuevamente; su primogénita ya tenía cinco años, pero no les importaba comenzar una vez más esta labor.
Emilse era una mujer dedicada a su hogar. Había hecho sus locuras cuando estaba más joven, pero ahora su motivación era velar por el bienestar de sus hijos. Juan proveía el sustento económico de la familia, mientras Nathaly y Julián crecían en un ambiente estable y feliz. El orgulloso padre disfrutaba las primeras palabras, los primeros pasos, sonrisas y el cariño de su heredero. Trabajaba todo el día. Era una larga jornada para poder llegar donde su familia; mientras tanto su esposa se ocupaba del hogar, de las tareas de Nathaly, la protección de Julián, y tener la comida lista para cuando él llegara.Habían transcurrido ya unos dos años desde aquel 17 de marzo, y un pasado que él creía curado vino de visita a esta familia, poniendo esa estabilidad que se había tenido, en la cima de una empinada montaña. Juan fue puesto en prisión, por un crimen que se suponía estaba pago y claro ante la ley.La angustia se apoderó de estos cuatro corazones. Un padre privado de su libertad no puede hacer nada por su núcleo, es impotente ante la situación, y a una madre, desconsolada, sólo le queda correr a los brazos de su progenitora, el único lugar donde puede estar mientras pasa la tormenta. No tenía dinero, ni casa, ni trabajo, todo eso estaba ahora tras los barrotes de una celda. Los días pasaban, y al ver que la situación no se resolvía, resignada, decide empezar a buscar una escuela para sus hijos.
Ella había salido de la casa de sus padres, aquella finca en San Vicente, con la intención de volver sólo de paseo; pero el destino no tenía planeado eso, y ahora estaba buscando un cupo para sus hijos en la misma escuela donde ella estudió.
El cambio de vida era fuerte, desde la educación, porque los recursos de las escuelas rurales son escasos, hasta la rutina diaria de las labores del hogar.Esta era una casa grande, construida en tapia. En sus amplias mangas había vacas, cerdos, gallinas, un típico hogar de campo. Detrás de la casa pasaba una quebrada; a sus alrededores habían arboles de guayabas, y cada que se podía aprovechaban las tierras cultivando toda clase de alimentos.El tiempo corría y aquel inconveniente que se creía pasajero, se extendió cuatro años. La imagen paterna, en especial para el niño, había sido su abuelo. Pasaban mucho tiempo juntos, se podría decir que se amaban. Para un anciano de setenta años es grato compartir con un niño, más aún si es su nieto y más aún si ese nieto no lo ve como un abuelo sino como un padre; eran cómplices de travesuras, el viejo se volvía niño para hacer feliz a Juliancito, como él lo llamaba. Pero como si no fueran suficientes los golpes, el amado abuelo murió.
Era un hecho que se esperaba desde hacia unos meses, por el delicado estado de salud del anciano, sin embargo, la tristeza no se puede ocultar, y menos en aquel niño que acababa de perder a su padre.
Pasó casi un año después de este incidente. La herida seguía abierta, pero las cosas parecían mejorar, Juan estaba libre, su alma era la que apenas empezaba a aprisionarse.
Al salir de la cárcel, como es de esperarse, estaba desubicado; pero tenía que reponerse rápidamente para buscar un empleo y regresar a su familia la tranquilidad arrebatada. Mientras esto se daba permaneció también en la casa de su suegra, allí encontró una esperanzada mujer, una hija algo tímida, pero más que todo, un hijo tratándolo como a un desconocido. Por más que Emilse les recordara a sus pequeños que tenían un padre ansioso de verlos, es imposible para un niño de seis años reconocer a un hombre como su padre sólo porque se lo digan; estaba muy pequeño cuando él se marchó, no podía recordarlo.A este hombre, afligido por un desprecio del cual sólo el destino era responsable, se le comienzan a complicar las cosas. No encuentra un trabajo y en aquella finca de San Vicente la economía se empieza a ver afectada, eran muchas personas para los ingresos que se recibían.
Nathaly se la pasaba estudiando y en sus ratos libres jugaba con los primos que vivían cerca. Julián también estaba en la escuela, nunca fue el más dedicado a las labores académicas, pero de alguna forma se las arreglaba para ganar los pocos años que cursó. Él, en cambio, pasaba más tiempo jugando sólo que compartiendo con otros niños, parecía que le agradaba la soledad. Se subía a los árboles y decía que iba a llegar hasta donde su abuelo, correteaba diciendo que era un guerrillero, y haciendo cosas no muy comunes para un niño de su edad.
Los soles y las lunas de cinco meses pasaron por la finca que guardaba los secretos de la familia. Juan trabajaba en lo que le ofrecieran, nada estable, pero cualquier ayuda era una bendición muy bien recibida.
Un domingo, 17 de octubre, la abuela como de costumbre salió para la iglesia con todos sus nietos, todos, menos Julián, él decidió quedarse con sus padres en aquella casa enorme. Se asomaban las cinco de la tarde sobre el horizonte. El sol bajaba en medio de las dos montañas que quedaban en frente de la morada, eran 60 metros cuadrados para tres personas. Emilse y Juan estaban acostados, veían televisión tranquilamente, mientras el residente faltante, jugaba solitario por aquellas mangas.
Entraba ya la noche y Emilse salió por su pequeño. Le gritaba, como cualquier madre, esperando la respuesta, lo hizo una vez más, pero no recibió respuesta; en ese momento sólo pensó que el niño en medio de sus juegos se fue demasiado lejos, donde su voz no alcanzaba a llegar. Caminó varios pasos mientras continuaba llamándolo; su corazón comenzó a acelerarse. Era un espacio muy grande para un ser tan indefenso. Regresó a la casa en busca de su esposo. Éste, como cualquier padre lo hubiera hecho se levantó y la ayudó, pero no creyó que fuera algo tan grave como para desesperarse. Ambos gritaron, llamaron, caminaron. Los minutos corrieron, llevaban casi una hora en su búsqueda y no hallaron respuesta. Juan, quien era el que trataba de calmar a Emilse en su incontrolable angustia, también comienza a exasperarse. Quedó claro que dentro de la casa no estaba, y que no era una broma que les estaba jugando, había pasado mucho tiempo para esto. Habían buscado en cada rincón, debajo de las camas, detrás de las puertas, en los inmensos prados, así que la última opción fue salir de la finca. En el campo las casas están separadas considerablemente, por esto pensaron que el niño podía estar con un vecino y que los gritos de sus padres no llegaron hasta allá. Se dividieron las casas cercanas para buscarlo. Pasaron varios minutos, y ambos iban corriendo, preguntando, pero cuando se volvieron a encontrar, ninguno tenía razón, sólo había ya decenas de personas en las calles ayudándolos a buscarlo.No sabían qué más hacer, no sabían donde más buscar. Regresaron a la casa guardando la esperanza que el niño hubiera vuelto, que los estuviera esperando, jugando solitario en el lugar donde creció.
Entraron a la finca. Angustiados caminaron unos cuantos pasos sobre aquel inmenso prado, y antes de llegar a la casa, tras una pequeña casucha hecha de madera, donde se guardaban rebujos, los esperaba su hijo quieto, estático. No era así como esperaban verlo. Tenía una cuerda amarrada a su frágil cuello y colgaba de la baja rama de un árbol.
Corrieron hacia él y estaba morado, casi negro, pero ellos decían sentirlo respirar, con la velocidad que sus cuerpos invadidos de temor les permitía, salieron a la calle en busca de un carro que los llevara hasta un hospital; el más cercano estaba a unos cinco kilómetros, y aunque hubiera uno más cerca, ya era tarde. La vida de su hijo, de su semilla, de su pequeño, corrió ante sus ojos y se fue, al igual que su sueño de bajar la estabilidad de esa montaña en la que se había trepado. Eso era lo que el destino les tenía preparado. Afortunadamente el tiempo ha ido sanando aquella herida. Su hijo está presente en todo momento; pero ahora el hecho se recuerda, aunque con unas cuantas lágrimas en el rostro, con menos dolor.
Actualmente la familia vive en Guarne, Juan tiene un trabajo más estable, y están tratando de conseguir su casa propia. Nathaly ya esta cursando noveno, y Emilse está, una vez más, dedicada al hogar. Hace dos años llegó un nuevo integrante, Mateo, no como un reemplazo del hijo que se fue, sino como un tercer hijo, con el que desde siempre había soñado la pareja.
El pasado 17 de octubre, regresaron al cementerio de San Vicente por los pequeños huesos de Julián, la prueba tangible para el mundo, de que hay un angelito cuidándolos desde el cielo.
Cheli Melisa Llano
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