lunes, 1 de junio de 2009

Se fue sin decir adiós



En memoria de Julián Restrepo Marín



En ocasiones es difícil aceptar nuestro destino, levantarse y continuar el camino después de un golpe fuerte, cuando se queda sin esperanza, y parece que el mundo llega a su fin…
Era 17 de marzo. Nacía la segunda semilla de un amor bizarro, y era lo que todos esperaban, un varón. La felicidad se reducía a los rostros de Juan y Emilse, padres nuevamente; su primogénita ya tenía cinco años, pero no les importaba comenzar una vez más esta labor.
Emilse era una mujer dedicada a su hogar. Había hecho sus locuras cuando estaba más joven, pero ahora su motivación era velar por el bienestar de sus hijos. Juan proveía el sustento económico de la familia, mientras Nathaly y Julián crecían en un ambiente estable y feliz. El orgulloso padre disfrutaba las primeras palabras, los primeros pasos, sonrisas y el cariño de su heredero. Trabajaba todo el día. Era una larga jornada para poder llegar donde su familia; mientras tanto su esposa se ocupaba del hogar, de las tareas de Nathaly, la protección de Julián, y tener la comida lista para cuando él llegara.Habían transcurrido ya unos dos años desde aquel 17 de marzo, y un pasado que él creía curado vino de visita a esta familia, poniendo esa estabilidad que se había tenido, en la cima de una empinada montaña. Juan fue puesto en prisión, por un crimen que se suponía estaba pago y claro ante la ley.La angustia se apoderó de estos cuatro corazones. Un padre privado de su libertad no puede hacer nada por su núcleo, es impotente ante la situación, y a una madre, desconsolada, sólo le queda correr a los brazos de su progenitora, el único lugar donde puede estar mientras pasa la tormenta. No tenía dinero, ni casa, ni trabajo, todo eso estaba ahora tras los barrotes de una celda. Los días pasaban, y al ver que la situación no se resolvía, resignada, decide empezar a buscar una escuela para sus hijos.
Ella había salido de la casa de sus padres, aquella finca en San Vicente, con la intención de volver sólo de paseo; pero el destino no tenía planeado eso, y ahora estaba buscando un cupo para sus hijos en la misma escuela donde ella estudió.
El cambio de vida era fuerte, desde la educación, porque los recursos de las escuelas rurales son escasos, hasta la rutina diaria de las labores del hogar.Esta era una casa grande, construida en tapia. En sus amplias mangas había vacas, cerdos, gallinas, un típico hogar de campo. Detrás de la casa pasaba una quebrada; a sus alrededores habían arboles de guayabas, y cada que se podía aprovechaban las tierras cultivando toda clase de alimentos.El tiempo corría y aquel inconveniente que se creía pasajero, se extendió cuatro años. La imagen paterna, en especial para el niño, había sido su abuelo. Pasaban mucho tiempo juntos, se podría decir que se amaban. Para un anciano de setenta años es grato compartir con un niño, más aún si es su nieto y más aún si ese nieto no lo ve como un abuelo sino como un padre; eran cómplices de travesuras, el viejo se volvía niño para hacer feliz a Juliancito, como él lo llamaba. Pero como si no fueran suficientes los golpes, el amado abuelo murió.
Era un hecho que se esperaba desde hacia unos meses, por el delicado estado de salud del anciano, sin embargo, la tristeza no se puede ocultar, y menos en aquel niño que acababa de perder a su padre.
Pasó casi un año después de este incidente. La herida seguía abierta, pero las cosas parecían mejorar, Juan estaba libre, su alma era la que apenas empezaba a aprisionarse.
Al salir de la cárcel, como es de esperarse, estaba desubicado; pero tenía que reponerse rápidamente para buscar un empleo y regresar a su familia la tranquilidad arrebatada. Mientras esto se daba permaneció también en la casa de su suegra, allí encontró una esperanzada mujer, una hija algo tímida, pero más que todo, un hijo tratándolo como a un desconocido. Por más que Emilse les recordara a sus pequeños que tenían un padre ansioso de verlos, es imposible para un niño de seis años reconocer a un hombre como su padre sólo porque se lo digan; estaba muy pequeño cuando él se marchó, no podía recordarlo.A este hombre, afligido por un desprecio del cual sólo el destino era responsable, se le comienzan a complicar las cosas. No encuentra un trabajo y en aquella finca de San Vicente la economía se empieza a ver afectada, eran muchas personas para los ingresos que se recibían.
Nathaly se la pasaba estudiando y en sus ratos libres jugaba con los primos que vivían cerca. Julián también estaba en la escuela, nunca fue el más dedicado a las labores académicas, pero de alguna forma se las arreglaba para ganar los pocos años que cursó. Él, en cambio, pasaba más tiempo jugando sólo que compartiendo con otros niños, parecía que le agradaba la soledad. Se subía a los árboles y decía que iba a llegar hasta donde su abuelo, correteaba diciendo que era un guerrillero, y haciendo cosas no muy comunes para un niño de su edad.
Los soles y las lunas de cinco meses pasaron por la finca que guardaba los secretos de la familia. Juan trabajaba en lo que le ofrecieran, nada estable, pero cualquier ayuda era una bendición muy bien recibida.
Un domingo, 17 de octubre, la abuela como de costumbre salió para la iglesia con todos sus nietos, todos, menos Julián, él decidió quedarse con sus padres en aquella casa enorme. Se asomaban las cinco de la tarde sobre el horizonte. El sol bajaba en medio de las dos montañas que quedaban en frente de la morada, eran 60 metros cuadrados para tres personas. Emilse y Juan estaban acostados, veían televisión tranquilamente, mientras el residente faltante, jugaba solitario por aquellas mangas.
Entraba ya la noche y Emilse salió por su pequeño. Le gritaba, como cualquier madre, esperando la respuesta, lo hizo una vez más, pero no recibió respuesta; en ese momento sólo pensó que el niño en medio de sus juegos se fue demasiado lejos, donde su voz no alcanzaba a llegar. Caminó varios pasos mientras continuaba llamándolo; su corazón comenzó a acelerarse. Era un espacio muy grande para un ser tan indefenso. Regresó a la casa en busca de su esposo. Éste, como cualquier padre lo hubiera hecho se levantó y la ayudó, pero no creyó que fuera algo tan grave como para desesperarse. Ambos gritaron, llamaron, caminaron. Los minutos corrieron, llevaban casi una hora en su búsqueda y no hallaron respuesta. Juan, quien era el que trataba de calmar a Emilse en su incontrolable angustia, también comienza a exasperarse. Quedó claro que dentro de la casa no estaba, y que no era una broma que les estaba jugando, había pasado mucho tiempo para esto. Habían buscado en cada rincón, debajo de las camas, detrás de las puertas, en los inmensos prados, así que la última opción fue salir de la finca. En el campo las casas están separadas considerablemente, por esto pensaron que el niño podía estar con un vecino y que los gritos de sus padres no llegaron hasta allá. Se dividieron las casas cercanas para buscarlo. Pasaron varios minutos, y ambos iban corriendo, preguntando, pero cuando se volvieron a encontrar, ninguno tenía razón, sólo había ya decenas de personas en las calles ayudándolos a buscarlo.No sabían qué más hacer, no sabían donde más buscar. Regresaron a la casa guardando la esperanza que el niño hubiera vuelto, que los estuviera esperando, jugando solitario en el lugar donde creció.
Entraron a la finca. Angustiados caminaron unos cuantos pasos sobre aquel inmenso prado, y antes de llegar a la casa, tras una pequeña casucha hecha de madera, donde se guardaban rebujos, los esperaba su hijo quieto, estático. No era así como esperaban verlo. Tenía una cuerda amarrada a su frágil cuello y colgaba de la baja rama de un árbol.
Corrieron hacia él y estaba morado, casi negro, pero ellos decían sentirlo respirar, con la velocidad que sus cuerpos invadidos de temor les permitía, salieron a la calle en busca de un carro que los llevara hasta un hospital; el más cercano estaba a unos cinco kilómetros, y aunque hubiera uno más cerca, ya era tarde. La vida de su hijo, de su semilla, de su pequeño, corrió ante sus ojos y se fue, al igual que su sueño de bajar la estabilidad de esa montaña en la que se había trepado. Eso era lo que el destino les tenía preparado. Afortunadamente el tiempo ha ido sanando aquella herida. Su hijo está presente en todo momento; pero ahora el hecho se recuerda, aunque con unas cuantas lágrimas en el rostro, con menos dolor.
Actualmente la familia vive en Guarne, Juan tiene un trabajo más estable, y están tratando de conseguir su casa propia. Nathaly ya esta cursando noveno, y Emilse está, una vez más, dedicada al hogar. Hace dos años llegó un nuevo integrante, Mateo, no como un reemplazo del hijo que se fue, sino como un tercer hijo, con el que desde siempre había soñado la pareja.
El pasado 17 de octubre, regresaron al cementerio de San Vicente por los pequeños huesos de Julián, la prueba tangible para el mundo, de que hay un angelito cuidándolos desde el cielo.




Cheli Melisa Llano

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La misma Historia

La vida humana es tan frágil, tan miserable, tan efímera… No hace falta tener ochenta o noventa años para esperar la muerte; tampoco hace falta estar enfermo de gravedad; por más estúpido o risible que parezca, lo único que hace falta para morir, es estar vivo.
Relatar de nuevo esa historia, aparte de ser repetitivo, es doloroso. Ya los medios pasaron, hasta el hastío, por sus micrófonos, cámaras, y páginas, la tragedia de la familia Ortiz y la familia Jaramillo; Esa que fue también la tragedia del pueblo cejeño.
Pero a los medios se les olvidó mostrar algo. Ninguno presentó el dolor que yo estaba sintiendo por lo ocurrido, ni lo que tenía para decir. Todos los medios se olvidaron de mí y aún no me explico por qué. Ah, claro. Ha de ser porque asistí al velorio justo cuando no había cámaras buscando insensatamente el llanto y la tristeza de las personas; o quizá fue porque no soy alcalde ni concejal, y tampoco luzco corbata y gafas oscuras para disfrazar una tristeza que, igualmente, va a saltar de los lentes y se va a confundir con la tristeza ajena, la misma que todos sentíamos; o tal vez porque pasé casi cuatro días encerrado en mi habitación, llorando y tratando de asimilar la muerte de una amiga y de otros conocidos. A los medios se les olvidó mencionar que Paola era mi amiga.
La conocí hace aproximadamente tres años, por coincidencias de la vida, pues ambos solíamos ir a lo que se conoce como “El Oratorio”, en el colegio Salesianos. Nos hicimos buenos amigos, no sólo de sábados –que era los días que asistíamos al oratorio- yo también iba a su casa y me hice amigo de sus cuatro hermanitos (también fallecidos en el accidente) y entablé una buena relación con su papá Diego (igualmente fallecido) y su mamá Olga (única sobreviviente del accidente).
Por esas cosas que uno no logra comprender dejamos de vernos por un largo tiempo. Quizá ya a ninguno de los dos nos quedaba espacio por nuestros estudios y estábamos más dedicados a otras cosas. Nos veíamos ocasionalmente en las calles y nos saludábamos como dos conocidos. La última vez que hablé con ella, recuerdo que me abrazó, pero eso fue hace mucho.
Ni siquiera estaba enterado de sus planes religiosos en el futuro; tampoco sabía que era la personera de su colegio y mucho menos que ya no vivía en aquella casa del barrio El Paraíso, donde alguna vez me invitó a comer las ricas empanadas que hacía su mamá.
Ahora que no está, desempolvé un afiche que me había regalado, de esa muñeca (Pucca) que tanto odio y que dice “Por ti hago lo que sea”, y no he parado de ver la foto de mis grados en la que estoy con ella. No dejo de lamentarme y como siempre sucede, quisiera que estuviera viva para decirle muchas cosas, para robarle ese beso que nunca le robé porque era muy cobarde, a pesar de que sabía que ella quería. Es triste que todos esos instantes se vallan de un momento a otro. Son esas cosas que, como todo, tienen un principio pero que uno quisiera que no tuvieran un final.
A Paola no pude verla en su ataúd, ya que el cuerpo fue encontrado el mismo jueves, 18 de junio (según la emisora local Celeste estéreo. Los medios nacionales habían dado una información errada) día en el que estaba programado el entierro colectivo.
Tal vez ese ha sido uno de los motivos por el que aún no logro superarlo. Dicen que ver a los muertos es bueno para asimilar su partida. Yo me quedé con una última imagen suya, apenas unas horas antes de su muerte y después de más de medio año de no verla. Estaba ahí, parada en la esquina de la ye, como si esperara mi paso para decirme con una sonrisa “hola”, y con su mirada “adiós”.
Ahora que Paola se ha ido nuestra relación no ha cambiado mucho. No nos vemos, no hablamos… Pero lo que más me entristece es saber que, como ella, no somos ni valemos nada para el mundo. La vida humana puede significar mucho, pero a la vez se va en milésimas de segundo. Por ejemplo, en lo que tarda una camioneta en caer a un río.
El colegio Maria Josefa Marulanda, el mismo que fuera el templo de aprendizaje de Paola, Mateo y Sarita, ahora se llenaba con el frío de sus cadáveres y el de sus familiares, y la mirada de decenas de dolientes y curiosos que acudieron masivamente al velorio y al entierro.
Esa tarde La Ceja vivió un ambiente de Apocalipsis. El aire era denso, como si la tristeza pesara, literalmente. A pesar de la muchedumbre reunida en el parque principal y en la Basílica menor, era aterradora la sensación de soledad. Era imposible salir a las calles y no ver a la muerte, con su hábito negro y su Oz en la mano, caminando de un lado para otro, riéndose de ella misma y escuchando el eco que producían sus pasos en medio de la multitud.
Han sido días difíciles. Todos los canales de televisión mostraban la tragedia hasta tres veces al día. A eso se le suma la noticia de la madre que mató a su niño recién nacido, y salió llorando ante el mundo pidiendo que le devolvieran a su hijo. Ahora entiendo por qué en Colombia no hay superhéroes. Es que los superhéroes sólo luchan contra seres extraños, mutantes o extraterrestres: Duende Verde, Guazón, Lex Luthor, el como se llame hombre de arena enemigo de Spider Man… ninguno de ellos humano, al menos no completamente. Es que contra la maldad, el odio y el rencor humano, no hay nada que se pueda hacer. La humanidad está inminentemente condenada.
Aún así, hay gente que no pierde la fe. Olga Teresita Ramírez, después de sepultar a su esposo y a sus cinco hijos, dice estar tranquila. Cree que si dios no la dejó morir es porque aún tiene una misión que cumplir en este mundo y sigue manteniéndose firme, claro está, “gracias a dios”.
Pensar así, sí que es un acto de nobleza y resignación. Yo más bien pienso que lo que le pasa a doña Olga es una venganza ¿Por qué? No lo se. Quizá ella no tenga porqué estar pagando esa pena, pero ese dios vengativo descargó en ella toda la ira que sentía contra esta podrida humanidad. No encuentro otra explicación.
Una vez más, ese dios imaginario, ese que los humanos se han inventado –así como se inventaron al ratón Pérez y al conejo de pascua- se divierte a costa de nuestras lágrimas. El mismo dios al que doña Olga ora todas las noches para que le de valor y no desfallecer; Ese mismo que le arrebató a su familia y dejó morir a esas personas cuando se encaminaban a pagar una promesa por un favor que “él mismo” les había concedido. Cómo es que un dios que es todo amor y bondad permite algo así. Ah, perdón. Cómo culpar a dios, si la culpa fue de un tronco que había en medio de la carretera, y también de ésta por estar mojada. Dios sólo era un espectador silencioso y un testigo irrelevante de esta tragedia.
Sí, injustas y dolorosas ironías del destino. Pero la vida sigue; lastimosamente, lo creo a veces. Esta tragedia nos conmovió a todos. Lloramos unos días, pero en unos cuantos lo recordaremos como una historia más. Es duro, sí, pero cierto. Lo único que me consuela es saber que soy humano y que también he de morir algún día.
Eisen Hawer López Chica

La muerte también ama

“El amor es como un dolor de muelas”, o por lo menos lo era para Luís Tejada. Pero yo no creo que el amor sea como un dolor de muela, no sería suficiente definirlo así. ¿Qué podría ser peor que un dolor de muela? Tal vez un cólico menstrual, o una migraña, o una peladura en las encías justo encima de los dientes delanteros.
El amor es una combinación de las cosas más hermosas, deliciosas y placenteras, con las más horribles, asquerosas y dolorosas. El amor podría ser una barra de 2x2 metros de chocolate blanco, y podría ser un nacido en las posaderas; podría ser un inmenso jardín de rosas, violetas, girasoles y orquídeas, y podría ser un frívolo y tenebroso cementerio, abandonado, incluso, por sus propios muertos; podría ser reír hasta que nos duela el estómago, y podría ser llorar hasta que nos duela el alma… todos esos placeres y dolores son similares pero inferiores a los que causa el amor.
Pero quizá lo que más se parezca al amor sea un parto; el angustioso y muy eterno dolor de un parto. Claro que, obviamente, nunca seré madre ni tendré la desgracia de parir, pero por lo que sé, el dolor de un parto podría ser mayor que un dolor de muelas. Y qué mejor analogía que esa. Cuando una mujer queda embarazada, está feliz (la mayoría de las veces), disfruta de su embarazo cargando en su vientre y cuidando a quien será vida de su vida. Durante nueve meses todo son mimos y cuidados, pero se llega la hora del parto. La felicidad que debería sentir la madre es empañada por el intenso dolor que le produce la criatura que está apunto de salir de su cuerpo. Después de dar a luz, la madre está feliz de nuevo y, probablemente, su dolor ha pasado.
Así es el amor. Cuando alguien se enamora está feliz. Siente que esa otra persona es parte, no sólo de su vida, sino también de su cuerpo; ambos son un solo ser. Cuando se está en la etapa del enamoramiento, todo son mimos y cuidados, besos y caricias, palabras lindas y felicidad. Cuando el amor empieza a acabarse y se vuelve insoportable la situación, llega la hora del “parto”. Sin duda, la parte más difícil de estar enamorado es la de desenamorarse. Sacar del corazón (o de donde sea que se meta) a esa otra persona, es un proceso mucho más largo, torturante y doloroso que un parto. Ojalá desenamorarse fuera tan fácil como parir; soportar dolor por unos minutos, pero pujando varias veces se sale ese otro ser del cuerpo. Tener que olvidar es peor. Cambiaría mil veces el dolor que se siente después de haber amado con locura a alguien, por el de un parto o un dolor de muelas, después de todo, el dolor físico hace menos daño que el que nos produce el amor. Siempre he tenido presente que quien ama está condenado a sufrir, pero hay quienes dicen que no es cierto, que también existen personas que se aman hasta la muerte; precisamente, nuestra cultura nos enseñó que la muerte nos debe doler y, por lo tanto, hacernos sufrir.
El mundo sería mucho mejor si no existiera la necesidad de amar. Si lo que se necesita es procrear, se puede hacer sin tener que amar a la otra persona.
Siempre he pensado qué haría si algún día encontrara una lámpara mágica y al frotarla, un genio me concediera un deseo. Creo que le pediría que me permitiera encontrar a ese tal cupido, mirarlo a los ojos y, antes de dispararle en el corazón, decirle “Ya no volverás a causar sufrimiento al mundo”. Es que cupido es lo más inoportuno y desocupado del mundo. Qué necesidad tiene de andar con su arco, flechando corazones y causando dolores y sufrimientos. Pensándolo bien, en vez de matar a cupido, le clavaría una de sus flechas y así le causaría un dolor mayor que si lo mato de una vez; igual, el amor lo va a matar lentamente.
Todo aquel que esté aburrido con la vida y no tenga el valor suficiente para suicidarse, sólo tiene que hacer algo: enamorarse. El fin será el mismo que si se envenena, dispara, o cuelga por el cuello de una cuerda, pero el dolor que causa el amor es mucho más placentero y torturante y podría llevar a amar la muerte, tal como ella nos ama y espera por nosotros.
Eisen Hawer López
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