lunes, 1 de junio de 2009

Coro de Ángeles


A Natalia R. quien, independientemente de sus gustos, compartió, vivió y disfrutó conmigo esta inolvidable experiencia. Y a mi hermana Erika, quien se enorgullece de hacer parte de historias como esta.



Cansado de leer crónicas de muertes, secuestros, desplazamientos, prostitución y drogadicción, hoy expongo otro lado de lo que hay y lo que somos en el oriente. Porque no significamos muerte y violencia, somos territorio de paz y de cultura.
El pasado 8 de marzo se realizó en La Ceja el Rocker’s Fest en las instalaciones de Gabana ubicada en la Zona Rosa. Interface, Grotesco, Mala Muerte, Grito, Johnie All Star, Supermasivo, Tom Sawyer y Nueve Once, fueron las encargadas de el festival más importante de Rock And Roll que se halla celebrado en este municipio.
A pesar de haber asistido a muchos conciertos, puedo asegurar que este ha sido el mejor. Es hermoso y gratificante ver jóvenes de Rionegro, La Ceja, Marinilla, El Carmen de Viboral, El Santuario, El Retiro y Medellín, unidos en una misma voz, compartiendo el mismo sentimiento y protagonizando esta historia que ahora comparto con ustedes…

Una larga fila se observa. Alrededor de tres cuadras de peinados estrambóticos, vestimentas negras la mayoría, correas de taches, piercings, botones, manillas, tatuajes, cadenas, bolsos… parece la descripción de una venta de garaje; para el común de la gente, son sólo un montón de muchachos rebeldes y satánicos esperando para entrar a hacer uno de sus acostumbrados rituales escuchando música Metálica. Pero lo que no saben es que Metálica no es un género musical, ni un tipo de música, es una banda, una de las mas grandes y legendarias, una de las que hoy muchas agrupaciones se vanaglorian de rendirle tributo como “A Tribute to the Four Horsemen”* y que todos esos jóvenes vestidos de negro y cabello largo, no van para un culto de adoración al demonio. Esa larga espera es para un concierto de Rock.
Por fin se abren las puertas. A la entrada se paran imponentes tres o cuatro policías dispuestos para requisar hasta el último bolsillo de cada uno de los jóvenes que vamos a entrar. Nos tratan como delincuentes; parece una gran redada en la que esperan encontrar multitudes de armas blancas y de fuego, pero ante la impotencia de no poder encontrar lo que esperan –aunque no falta el atravesado que carga su cuchillo en la media o debajo de la camisa- decomisan correas, hebillas, botones, cadenas, botellas de agua y comida. Todos los que entremos lo haremos con las manos casi vacías, al igual que nuestros estómagos –la mayoría- pero esto no va a restar energías para el gran espectáculo que nos aguarda.
Al fin llega ese momento tan ansiado. Doce cuerdas divididas en dos guitarras. Distorsiones que se mezclan en el aire con el retumbar de un bajo y el escandaloso ruido de una batería; solo eso es suficiente. Aunque otros excluyen una de las guitarras y muchos otros incluyen trompetas, saxofón, teclados, acordeones, violines, gaitas… en fin, el número de instrumentos no importa, incluso un acústico nos pondría los pelos de punta. En este caso son el rasgueo de una guitarra y el punteo de otra las que nos harán vibrar, acompañado por las notas de un bajo y los redobles y rebotes de una Tama. Letras que hablan de política, sociedad, violencia, amigos, la vida, el amor y el desamor; son esas letras que nos hacen gritar de emoción, que nos hacen saltar y sacar todo eso que sentimos, dejándolo fluir en una canción.
Poco a poco, con la música en nuestros oídos, empezamos a hacer parte de una fantasía, en medio de la multitud y el juego de luces; un sueño en el que logramos expresar, sin que nadie nos diga nada, todo eso que siempre hemos tenido reprimido ya que afuera nos juzgan simplemente por nuestra apariencia.
Acá estamos solos. Es un gran espacio en el que las voces se unen en una sola; un coro que brota de lo mas profundo de nuestros corazones y logra invadir cada rincón de la ciudad. Es ese hermoso sentimiento que podemos compartir con quienes lo sienten igual. Se regocija el espíritu y es para nosotros el paraíso.
Después de unas cuatro o cinco horas de brincar, cantar, poguear y gritar, finaliza el concierto. La sensación es indescriptible. En realidad es una paz interior o algo parecido. Apenas podemos sentir que tocamos el piso y el sudor que baña por completo nuestro cuerpo. Tanta euforia, represión y ansiedad que sentíamos unas horas antes, ya no están. Después de salir de aquel sagrado recinto con nuestros oídos a punto de estallar, vemos la vida de una manera diferente pero el mundo nos sigue viendo igual y la discriminación y el rechazo se evidencian a nuestro paso.
La gente debería empezar a ver más allá. Más adentro de lo que aparentamos, más allá de un prototipo que la sociedad se ha dedicado a degenerar y a criticar sin compasión. Adentro está lo que la gente no ve por que se niega a hacerlo. Los jóvenes rockeros somos amantes a la vida, a las aventuras, al deporte, al estudio, a la música, a lo que hacemos. Pero, lastimosamente, lo único que le reflejamos a la sociedad es rebeldía y sobre todo anarquía. Pero si las personas se dedicaran a ver lo que es en realidad y no lo que quieren ver se darán cuenta de las maravillosas y valiosas personas que hay detrás de la apariencia de la juventud rockera.
A muchos puede importarles poco lo que la gente piense u opine de ellos, incluyéndome, pero nos afecta en nuestra vida social, laboral y académica. En los colegios, quieren seguir un régimen militar y seguir manipulando la personalidad y en cierta parte la vida de los jóvenes. En las empresas buscan un prototipo de persona que se vista como ellos lo impongan y así poder tener a todos los empleados exactamente igual, robotizados y sin que se distingan unos de otros. En la calle, nos señalan de ladrones, drogadictos, rebeldes, satánicos, vagos y desadaptados, por eso para nosotros son tan importantes estos espacios y por eso siempre los disfrutaremos al máximo, sin importar costo, distancia, clima o lugar.
En lo personal, para la escena del rock and roll, fue una gran ganancia. Nos demostramos a nosotros mismos que si podemos compartir un escenario y que para nosotros si existe la unidad de género. Nada más reconfortante que ver en un mismo espacio y a un mismo tiempo a los Metaleros, los Punkeros, los Neos, los Rasta, los Hardcore y hasta los mismos Emos, sin miedo y sin discriminación alguna.
El Rocker’s Fest le dio la bienvenida, nuevamente, al espíritu rockero del municipio que por tanto tiempo había estado ausente y abrió las puertas a otros eventos y a otros espacios que esperamos se repitan con frecuencia.
Después de este festival, el municipio de La Ceja ahora es denominado como La Ceja rock’s City. Posterior al Rocker’s Fest, hemos tenido grandes conciertos como el de La Mojiganga, o la visita de Rey Gordiflón y Providencia y el concierto del 23 de Agosto denominado Principiantes del caos, otro espacio en el que pudimos, nuevamente, gritar y cantar por lo que somos.
Si queremos ser tratados como personas normales y ser aceptados en la sociedad, debemos empezar nosotros mismos por ser una sola familia y unir géneros. Demostremos al mundo que podemos hacerlo. Ese es nuestro aporte al mundo y a nosotros mismos. Somos y seguiremos siendo la familia rockera de Colombia y nuestro himno será por siempre ¡Rock And Roll hasta la muerte!


* Tributo a Metálica por trece agrupaciones, editado y publicado en el año 2003.


Eisen Hawer López Chica, 2008


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La misma Historia

La vida humana es tan frágil, tan miserable, tan efímera… No hace falta tener ochenta o noventa años para esperar la muerte; tampoco hace falta estar enfermo de gravedad; por más estúpido o risible que parezca, lo único que hace falta para morir, es estar vivo.
Relatar de nuevo esa historia, aparte de ser repetitivo, es doloroso. Ya los medios pasaron, hasta el hastío, por sus micrófonos, cámaras, y páginas, la tragedia de la familia Ortiz y la familia Jaramillo; Esa que fue también la tragedia del pueblo cejeño.
Pero a los medios se les olvidó mostrar algo. Ninguno presentó el dolor que yo estaba sintiendo por lo ocurrido, ni lo que tenía para decir. Todos los medios se olvidaron de mí y aún no me explico por qué. Ah, claro. Ha de ser porque asistí al velorio justo cuando no había cámaras buscando insensatamente el llanto y la tristeza de las personas; o quizá fue porque no soy alcalde ni concejal, y tampoco luzco corbata y gafas oscuras para disfrazar una tristeza que, igualmente, va a saltar de los lentes y se va a confundir con la tristeza ajena, la misma que todos sentíamos; o tal vez porque pasé casi cuatro días encerrado en mi habitación, llorando y tratando de asimilar la muerte de una amiga y de otros conocidos. A los medios se les olvidó mencionar que Paola era mi amiga.
La conocí hace aproximadamente tres años, por coincidencias de la vida, pues ambos solíamos ir a lo que se conoce como “El Oratorio”, en el colegio Salesianos. Nos hicimos buenos amigos, no sólo de sábados –que era los días que asistíamos al oratorio- yo también iba a su casa y me hice amigo de sus cuatro hermanitos (también fallecidos en el accidente) y entablé una buena relación con su papá Diego (igualmente fallecido) y su mamá Olga (única sobreviviente del accidente).
Por esas cosas que uno no logra comprender dejamos de vernos por un largo tiempo. Quizá ya a ninguno de los dos nos quedaba espacio por nuestros estudios y estábamos más dedicados a otras cosas. Nos veíamos ocasionalmente en las calles y nos saludábamos como dos conocidos. La última vez que hablé con ella, recuerdo que me abrazó, pero eso fue hace mucho.
Ni siquiera estaba enterado de sus planes religiosos en el futuro; tampoco sabía que era la personera de su colegio y mucho menos que ya no vivía en aquella casa del barrio El Paraíso, donde alguna vez me invitó a comer las ricas empanadas que hacía su mamá.
Ahora que no está, desempolvé un afiche que me había regalado, de esa muñeca (Pucca) que tanto odio y que dice “Por ti hago lo que sea”, y no he parado de ver la foto de mis grados en la que estoy con ella. No dejo de lamentarme y como siempre sucede, quisiera que estuviera viva para decirle muchas cosas, para robarle ese beso que nunca le robé porque era muy cobarde, a pesar de que sabía que ella quería. Es triste que todos esos instantes se vallan de un momento a otro. Son esas cosas que, como todo, tienen un principio pero que uno quisiera que no tuvieran un final.
A Paola no pude verla en su ataúd, ya que el cuerpo fue encontrado el mismo jueves, 18 de junio (según la emisora local Celeste estéreo. Los medios nacionales habían dado una información errada) día en el que estaba programado el entierro colectivo.
Tal vez ese ha sido uno de los motivos por el que aún no logro superarlo. Dicen que ver a los muertos es bueno para asimilar su partida. Yo me quedé con una última imagen suya, apenas unas horas antes de su muerte y después de más de medio año de no verla. Estaba ahí, parada en la esquina de la ye, como si esperara mi paso para decirme con una sonrisa “hola”, y con su mirada “adiós”.
Ahora que Paola se ha ido nuestra relación no ha cambiado mucho. No nos vemos, no hablamos… Pero lo que más me entristece es saber que, como ella, no somos ni valemos nada para el mundo. La vida humana puede significar mucho, pero a la vez se va en milésimas de segundo. Por ejemplo, en lo que tarda una camioneta en caer a un río.
El colegio Maria Josefa Marulanda, el mismo que fuera el templo de aprendizaje de Paola, Mateo y Sarita, ahora se llenaba con el frío de sus cadáveres y el de sus familiares, y la mirada de decenas de dolientes y curiosos que acudieron masivamente al velorio y al entierro.
Esa tarde La Ceja vivió un ambiente de Apocalipsis. El aire era denso, como si la tristeza pesara, literalmente. A pesar de la muchedumbre reunida en el parque principal y en la Basílica menor, era aterradora la sensación de soledad. Era imposible salir a las calles y no ver a la muerte, con su hábito negro y su Oz en la mano, caminando de un lado para otro, riéndose de ella misma y escuchando el eco que producían sus pasos en medio de la multitud.
Han sido días difíciles. Todos los canales de televisión mostraban la tragedia hasta tres veces al día. A eso se le suma la noticia de la madre que mató a su niño recién nacido, y salió llorando ante el mundo pidiendo que le devolvieran a su hijo. Ahora entiendo por qué en Colombia no hay superhéroes. Es que los superhéroes sólo luchan contra seres extraños, mutantes o extraterrestres: Duende Verde, Guazón, Lex Luthor, el como se llame hombre de arena enemigo de Spider Man… ninguno de ellos humano, al menos no completamente. Es que contra la maldad, el odio y el rencor humano, no hay nada que se pueda hacer. La humanidad está inminentemente condenada.
Aún así, hay gente que no pierde la fe. Olga Teresita Ramírez, después de sepultar a su esposo y a sus cinco hijos, dice estar tranquila. Cree que si dios no la dejó morir es porque aún tiene una misión que cumplir en este mundo y sigue manteniéndose firme, claro está, “gracias a dios”.
Pensar así, sí que es un acto de nobleza y resignación. Yo más bien pienso que lo que le pasa a doña Olga es una venganza ¿Por qué? No lo se. Quizá ella no tenga porqué estar pagando esa pena, pero ese dios vengativo descargó en ella toda la ira que sentía contra esta podrida humanidad. No encuentro otra explicación.
Una vez más, ese dios imaginario, ese que los humanos se han inventado –así como se inventaron al ratón Pérez y al conejo de pascua- se divierte a costa de nuestras lágrimas. El mismo dios al que doña Olga ora todas las noches para que le de valor y no desfallecer; Ese mismo que le arrebató a su familia y dejó morir a esas personas cuando se encaminaban a pagar una promesa por un favor que “él mismo” les había concedido. Cómo es que un dios que es todo amor y bondad permite algo así. Ah, perdón. Cómo culpar a dios, si la culpa fue de un tronco que había en medio de la carretera, y también de ésta por estar mojada. Dios sólo era un espectador silencioso y un testigo irrelevante de esta tragedia.
Sí, injustas y dolorosas ironías del destino. Pero la vida sigue; lastimosamente, lo creo a veces. Esta tragedia nos conmovió a todos. Lloramos unos días, pero en unos cuantos lo recordaremos como una historia más. Es duro, sí, pero cierto. Lo único que me consuela es saber que soy humano y que también he de morir algún día.
Eisen Hawer López Chica

La muerte también ama

“El amor es como un dolor de muelas”, o por lo menos lo era para Luís Tejada. Pero yo no creo que el amor sea como un dolor de muela, no sería suficiente definirlo así. ¿Qué podría ser peor que un dolor de muela? Tal vez un cólico menstrual, o una migraña, o una peladura en las encías justo encima de los dientes delanteros.
El amor es una combinación de las cosas más hermosas, deliciosas y placenteras, con las más horribles, asquerosas y dolorosas. El amor podría ser una barra de 2x2 metros de chocolate blanco, y podría ser un nacido en las posaderas; podría ser un inmenso jardín de rosas, violetas, girasoles y orquídeas, y podría ser un frívolo y tenebroso cementerio, abandonado, incluso, por sus propios muertos; podría ser reír hasta que nos duela el estómago, y podría ser llorar hasta que nos duela el alma… todos esos placeres y dolores son similares pero inferiores a los que causa el amor.
Pero quizá lo que más se parezca al amor sea un parto; el angustioso y muy eterno dolor de un parto. Claro que, obviamente, nunca seré madre ni tendré la desgracia de parir, pero por lo que sé, el dolor de un parto podría ser mayor que un dolor de muelas. Y qué mejor analogía que esa. Cuando una mujer queda embarazada, está feliz (la mayoría de las veces), disfruta de su embarazo cargando en su vientre y cuidando a quien será vida de su vida. Durante nueve meses todo son mimos y cuidados, pero se llega la hora del parto. La felicidad que debería sentir la madre es empañada por el intenso dolor que le produce la criatura que está apunto de salir de su cuerpo. Después de dar a luz, la madre está feliz de nuevo y, probablemente, su dolor ha pasado.
Así es el amor. Cuando alguien se enamora está feliz. Siente que esa otra persona es parte, no sólo de su vida, sino también de su cuerpo; ambos son un solo ser. Cuando se está en la etapa del enamoramiento, todo son mimos y cuidados, besos y caricias, palabras lindas y felicidad. Cuando el amor empieza a acabarse y se vuelve insoportable la situación, llega la hora del “parto”. Sin duda, la parte más difícil de estar enamorado es la de desenamorarse. Sacar del corazón (o de donde sea que se meta) a esa otra persona, es un proceso mucho más largo, torturante y doloroso que un parto. Ojalá desenamorarse fuera tan fácil como parir; soportar dolor por unos minutos, pero pujando varias veces se sale ese otro ser del cuerpo. Tener que olvidar es peor. Cambiaría mil veces el dolor que se siente después de haber amado con locura a alguien, por el de un parto o un dolor de muelas, después de todo, el dolor físico hace menos daño que el que nos produce el amor. Siempre he tenido presente que quien ama está condenado a sufrir, pero hay quienes dicen que no es cierto, que también existen personas que se aman hasta la muerte; precisamente, nuestra cultura nos enseñó que la muerte nos debe doler y, por lo tanto, hacernos sufrir.
El mundo sería mucho mejor si no existiera la necesidad de amar. Si lo que se necesita es procrear, se puede hacer sin tener que amar a la otra persona.
Siempre he pensado qué haría si algún día encontrara una lámpara mágica y al frotarla, un genio me concediera un deseo. Creo que le pediría que me permitiera encontrar a ese tal cupido, mirarlo a los ojos y, antes de dispararle en el corazón, decirle “Ya no volverás a causar sufrimiento al mundo”. Es que cupido es lo más inoportuno y desocupado del mundo. Qué necesidad tiene de andar con su arco, flechando corazones y causando dolores y sufrimientos. Pensándolo bien, en vez de matar a cupido, le clavaría una de sus flechas y así le causaría un dolor mayor que si lo mato de una vez; igual, el amor lo va a matar lentamente.
Todo aquel que esté aburrido con la vida y no tenga el valor suficiente para suicidarse, sólo tiene que hacer algo: enamorarse. El fin será el mismo que si se envenena, dispara, o cuelga por el cuello de una cuerda, pero el dolor que causa el amor es mucho más placentero y torturante y podría llevar a amar la muerte, tal como ella nos ama y espera por nosotros.
Eisen Hawer López
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