lunes, 1 de junio de 2009

Personas que marcan nuestras vidas

Dos ensayos...
  • EL VIEJITO DE MI VIDA

    Está allí, sentado como siempre en aquella cama, con su habano medio encendido entre su índice y su corazón. Su piel de color oscuro, aunque lastimada por muchos soles, aún no tiene arrugas ni manchas; sus seis décadas y media se reflejan más en su cabellera rucia pero todavía abundante. Para ver sus ojos hay que elevar la mirada varios o, más bien, muchos centímetros. Si dependiera de su abdomen, se le podría confundir con aquel cobrador de renta a quien El Chavo recibían siempre con un golpe en la famosa serie mexicana.
    En ocasiones se podría pensar que es mudo, que aquellos ínfimos labios y esa prótesis dental sólo le sirven para reírse de los alegatos que su esposa le regala a diario; ya sea porque llegó tarde de algún sitio, porque se tomó unos cuantos traguitos, o porque sencillamente quiere molestarlo. Sus orejas siempre están abiertas para quien quiera hablarle y su experiencia le permite dar los más acertados consejos.
    Nunca lo he visto salirse de casillas, por más preocupante que sea una situación no pierde la calma, mi papá comenta que fue muy estricto. Su paciencia y su buen genio son los azules que más resaltan entre un mar de cualidades. Pero por ironías de la vida ninguno de sus hijos, ni de sus nietos, heredó alguna de esas características.
    Siempre ha sido un hombre luchador trabajó desde que era un niño. Cualquier labor que le diera la comida para sus hijos era bien recibida. A pesar de las dificultades de la época, pagó el estudio básico de sus cuatro retoños, claro está, mientras ellos lo quisieron. Desde hace ya algunos años esta recibiendo su pensión, pero no por esto deja de laborar. Se va todos los días a cuidar el jardín de unas cabañas en la misma parcelación de la que se jubiló. Muchos pensarán que lo hace por bobo o por ambicioso; pero a esa edad las personas no quieren sentirse una carga o inservibles a la sociedad, además tiene que matar el tiempo, porque si se queda todo el día en la casa, mi abuela podría enloquecerlo.
    Será fácil encontrarlo pescando, es su mayor pasión, lo hace casi todas las tardes y su concentración en esta actividad ha llegado a tal punto que le han robado dos bicicletas mientras esta atrapando animales con su tarro y su nylon. La enfermedad en sus piernas -una tremenda úlcera varicosa- no le impide seguir su vida normalmente; trabajar, pescar, montar en bicicleta y, como todo hombre de la casa, arreglar cuanto objeto se dañe en el hogar. Mirar sus extremidades, en ocasiones, es doloroso, pero él nunca se queja, siempre asegura estar bien. Simplemente en las noches se sienta en la cama de la primera habitación de su casa, a mirar aquel viejo televisor, con su pierna cada vez más delicada sobre un banquito de madera, su habano medio encendido entre su índice y su corazón, a reírse de mi abuela mientras ésta arguye sobre cualquier error del día que acaba de pasar. Ese es el viejito de mi vida… Mi abuelo.

Cheli Melisa Llano Marín

  • MI BAÚL

    Cuando era una niña Superman me parecía un héroe de pacotilla. Para qué Batman, Acuaman o Flash si lo tenía a él y era mío. ¡Que conformista! Si lo veo ahora.
    Se parece mas a ese antihéroe mexicano de vestidura roja y corazón amarillo que dice sandeces divertidas y sus herramientas de lucha no tienen par. De hecho, ese es su apodo, Chapulín. Letra a letra entre más escribo y pienso se hace más grande su similitud. Sus huesos no se elevan mucho del suelo, aunque que puedo decir yo, su piel tiene una tonalidad bizarra, es escarlata. Supongo que de ahí viene el mote, aunque bien podía serlo por todo lo que habla o por su grandiosa manía de inventar las más descabelladas cosas.
    Alumbran sus rostro dos luceros verdes de los que sólo saqué la maldita triquiasis y “decora” la parte baja de su cara un mostacho que nos parecía muy feo, hasta el día en que decidió eliminarlo y con risa descubrimos que no tenía labios, extraño para alguien que usa tanto la boca, con suplicas le pedimos que lo dejara renacer.
    Su inagotable creatividad nos ha dado regalos que marcaron la época de juegos y travesuras, como aquel caballito de madera blanco que tanto disfruté. Por estos días colecciona latas de bebidas con las que tapizó la finca de extrañas veletas de viento.
    Para todo tiene una receta, que si el dolor de oído, “échele leche o un poquito de orines a eso” o como esa vez que me hizo lavar el cabello sin agua porque, según él, quedaba más limpio. Obvio no.
    En las tardes de sol se asoma al corredor y encoge sus piernas con los brazos atrás, tiene un silbidito particular, una tonadita inolvidable para anunciar su presencia. Cuando se baña sale a rasparse los talones en el cemento elevando los brazos para que el aire ayude a su desodorización.
    Por supuesto en su coloquial vocabulario están todas las frases típicas, esa inagotable cantaleta sobre su valor y la sapiencia de los años o el trauma por la música que escuchamos queriendo silenciarla con excusas inocentes como que los parlantes del computador no sirven para tal fin.
    No sabe que es la prudencia, le faltó un esfínter en la lengua que muchas veces lo ha castigado. ¿Pena, qué es eso? Creo que preguntaría. Nunca he visto que se le suba el color a la cara por algo, de todas formas no se le notaría.
    Ama tanto su automotor, obviamente rojo, que le compra shampoo de mujer para darle brillo a la pintura. Creo que todos le tenemos algo de celos a su “pichirilo”.
    Cada que come algo que tiene papel, al final hace un nudo de confite en este, rasgo que también le heredé, como su genio explosivo que tanto nos critican.
    Ahora a sus sesenta años, con la ansiedad de su pensión, a su pelo en una rebeldía juvenil le dio por formar una cresta, lo que no le disgusta mucho, nada raro en él.
    Ese es mi baúl, el que siempre nos sorprende con algo distinto, al que me gusta llamarlo por el nombre, o mejor, deformárselo y se enoja diciéndome que él para mi no tiene otro nombre distinto de “Papá”.

Silvana Escobar Arias

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La misma Historia

La vida humana es tan frágil, tan miserable, tan efímera… No hace falta tener ochenta o noventa años para esperar la muerte; tampoco hace falta estar enfermo de gravedad; por más estúpido o risible que parezca, lo único que hace falta para morir, es estar vivo.
Relatar de nuevo esa historia, aparte de ser repetitivo, es doloroso. Ya los medios pasaron, hasta el hastío, por sus micrófonos, cámaras, y páginas, la tragedia de la familia Ortiz y la familia Jaramillo; Esa que fue también la tragedia del pueblo cejeño.
Pero a los medios se les olvidó mostrar algo. Ninguno presentó el dolor que yo estaba sintiendo por lo ocurrido, ni lo que tenía para decir. Todos los medios se olvidaron de mí y aún no me explico por qué. Ah, claro. Ha de ser porque asistí al velorio justo cuando no había cámaras buscando insensatamente el llanto y la tristeza de las personas; o quizá fue porque no soy alcalde ni concejal, y tampoco luzco corbata y gafas oscuras para disfrazar una tristeza que, igualmente, va a saltar de los lentes y se va a confundir con la tristeza ajena, la misma que todos sentíamos; o tal vez porque pasé casi cuatro días encerrado en mi habitación, llorando y tratando de asimilar la muerte de una amiga y de otros conocidos. A los medios se les olvidó mencionar que Paola era mi amiga.
La conocí hace aproximadamente tres años, por coincidencias de la vida, pues ambos solíamos ir a lo que se conoce como “El Oratorio”, en el colegio Salesianos. Nos hicimos buenos amigos, no sólo de sábados –que era los días que asistíamos al oratorio- yo también iba a su casa y me hice amigo de sus cuatro hermanitos (también fallecidos en el accidente) y entablé una buena relación con su papá Diego (igualmente fallecido) y su mamá Olga (única sobreviviente del accidente).
Por esas cosas que uno no logra comprender dejamos de vernos por un largo tiempo. Quizá ya a ninguno de los dos nos quedaba espacio por nuestros estudios y estábamos más dedicados a otras cosas. Nos veíamos ocasionalmente en las calles y nos saludábamos como dos conocidos. La última vez que hablé con ella, recuerdo que me abrazó, pero eso fue hace mucho.
Ni siquiera estaba enterado de sus planes religiosos en el futuro; tampoco sabía que era la personera de su colegio y mucho menos que ya no vivía en aquella casa del barrio El Paraíso, donde alguna vez me invitó a comer las ricas empanadas que hacía su mamá.
Ahora que no está, desempolvé un afiche que me había regalado, de esa muñeca (Pucca) que tanto odio y que dice “Por ti hago lo que sea”, y no he parado de ver la foto de mis grados en la que estoy con ella. No dejo de lamentarme y como siempre sucede, quisiera que estuviera viva para decirle muchas cosas, para robarle ese beso que nunca le robé porque era muy cobarde, a pesar de que sabía que ella quería. Es triste que todos esos instantes se vallan de un momento a otro. Son esas cosas que, como todo, tienen un principio pero que uno quisiera que no tuvieran un final.
A Paola no pude verla en su ataúd, ya que el cuerpo fue encontrado el mismo jueves, 18 de junio (según la emisora local Celeste estéreo. Los medios nacionales habían dado una información errada) día en el que estaba programado el entierro colectivo.
Tal vez ese ha sido uno de los motivos por el que aún no logro superarlo. Dicen que ver a los muertos es bueno para asimilar su partida. Yo me quedé con una última imagen suya, apenas unas horas antes de su muerte y después de más de medio año de no verla. Estaba ahí, parada en la esquina de la ye, como si esperara mi paso para decirme con una sonrisa “hola”, y con su mirada “adiós”.
Ahora que Paola se ha ido nuestra relación no ha cambiado mucho. No nos vemos, no hablamos… Pero lo que más me entristece es saber que, como ella, no somos ni valemos nada para el mundo. La vida humana puede significar mucho, pero a la vez se va en milésimas de segundo. Por ejemplo, en lo que tarda una camioneta en caer a un río.
El colegio Maria Josefa Marulanda, el mismo que fuera el templo de aprendizaje de Paola, Mateo y Sarita, ahora se llenaba con el frío de sus cadáveres y el de sus familiares, y la mirada de decenas de dolientes y curiosos que acudieron masivamente al velorio y al entierro.
Esa tarde La Ceja vivió un ambiente de Apocalipsis. El aire era denso, como si la tristeza pesara, literalmente. A pesar de la muchedumbre reunida en el parque principal y en la Basílica menor, era aterradora la sensación de soledad. Era imposible salir a las calles y no ver a la muerte, con su hábito negro y su Oz en la mano, caminando de un lado para otro, riéndose de ella misma y escuchando el eco que producían sus pasos en medio de la multitud.
Han sido días difíciles. Todos los canales de televisión mostraban la tragedia hasta tres veces al día. A eso se le suma la noticia de la madre que mató a su niño recién nacido, y salió llorando ante el mundo pidiendo que le devolvieran a su hijo. Ahora entiendo por qué en Colombia no hay superhéroes. Es que los superhéroes sólo luchan contra seres extraños, mutantes o extraterrestres: Duende Verde, Guazón, Lex Luthor, el como se llame hombre de arena enemigo de Spider Man… ninguno de ellos humano, al menos no completamente. Es que contra la maldad, el odio y el rencor humano, no hay nada que se pueda hacer. La humanidad está inminentemente condenada.
Aún así, hay gente que no pierde la fe. Olga Teresita Ramírez, después de sepultar a su esposo y a sus cinco hijos, dice estar tranquila. Cree que si dios no la dejó morir es porque aún tiene una misión que cumplir en este mundo y sigue manteniéndose firme, claro está, “gracias a dios”.
Pensar así, sí que es un acto de nobleza y resignación. Yo más bien pienso que lo que le pasa a doña Olga es una venganza ¿Por qué? No lo se. Quizá ella no tenga porqué estar pagando esa pena, pero ese dios vengativo descargó en ella toda la ira que sentía contra esta podrida humanidad. No encuentro otra explicación.
Una vez más, ese dios imaginario, ese que los humanos se han inventado –así como se inventaron al ratón Pérez y al conejo de pascua- se divierte a costa de nuestras lágrimas. El mismo dios al que doña Olga ora todas las noches para que le de valor y no desfallecer; Ese mismo que le arrebató a su familia y dejó morir a esas personas cuando se encaminaban a pagar una promesa por un favor que “él mismo” les había concedido. Cómo es que un dios que es todo amor y bondad permite algo así. Ah, perdón. Cómo culpar a dios, si la culpa fue de un tronco que había en medio de la carretera, y también de ésta por estar mojada. Dios sólo era un espectador silencioso y un testigo irrelevante de esta tragedia.
Sí, injustas y dolorosas ironías del destino. Pero la vida sigue; lastimosamente, lo creo a veces. Esta tragedia nos conmovió a todos. Lloramos unos días, pero en unos cuantos lo recordaremos como una historia más. Es duro, sí, pero cierto. Lo único que me consuela es saber que soy humano y que también he de morir algún día.
Eisen Hawer López Chica

La muerte también ama

“El amor es como un dolor de muelas”, o por lo menos lo era para Luís Tejada. Pero yo no creo que el amor sea como un dolor de muela, no sería suficiente definirlo así. ¿Qué podría ser peor que un dolor de muela? Tal vez un cólico menstrual, o una migraña, o una peladura en las encías justo encima de los dientes delanteros.
El amor es una combinación de las cosas más hermosas, deliciosas y placenteras, con las más horribles, asquerosas y dolorosas. El amor podría ser una barra de 2x2 metros de chocolate blanco, y podría ser un nacido en las posaderas; podría ser un inmenso jardín de rosas, violetas, girasoles y orquídeas, y podría ser un frívolo y tenebroso cementerio, abandonado, incluso, por sus propios muertos; podría ser reír hasta que nos duela el estómago, y podría ser llorar hasta que nos duela el alma… todos esos placeres y dolores son similares pero inferiores a los que causa el amor.
Pero quizá lo que más se parezca al amor sea un parto; el angustioso y muy eterno dolor de un parto. Claro que, obviamente, nunca seré madre ni tendré la desgracia de parir, pero por lo que sé, el dolor de un parto podría ser mayor que un dolor de muelas. Y qué mejor analogía que esa. Cuando una mujer queda embarazada, está feliz (la mayoría de las veces), disfruta de su embarazo cargando en su vientre y cuidando a quien será vida de su vida. Durante nueve meses todo son mimos y cuidados, pero se llega la hora del parto. La felicidad que debería sentir la madre es empañada por el intenso dolor que le produce la criatura que está apunto de salir de su cuerpo. Después de dar a luz, la madre está feliz de nuevo y, probablemente, su dolor ha pasado.
Así es el amor. Cuando alguien se enamora está feliz. Siente que esa otra persona es parte, no sólo de su vida, sino también de su cuerpo; ambos son un solo ser. Cuando se está en la etapa del enamoramiento, todo son mimos y cuidados, besos y caricias, palabras lindas y felicidad. Cuando el amor empieza a acabarse y se vuelve insoportable la situación, llega la hora del “parto”. Sin duda, la parte más difícil de estar enamorado es la de desenamorarse. Sacar del corazón (o de donde sea que se meta) a esa otra persona, es un proceso mucho más largo, torturante y doloroso que un parto. Ojalá desenamorarse fuera tan fácil como parir; soportar dolor por unos minutos, pero pujando varias veces se sale ese otro ser del cuerpo. Tener que olvidar es peor. Cambiaría mil veces el dolor que se siente después de haber amado con locura a alguien, por el de un parto o un dolor de muelas, después de todo, el dolor físico hace menos daño que el que nos produce el amor. Siempre he tenido presente que quien ama está condenado a sufrir, pero hay quienes dicen que no es cierto, que también existen personas que se aman hasta la muerte; precisamente, nuestra cultura nos enseñó que la muerte nos debe doler y, por lo tanto, hacernos sufrir.
El mundo sería mucho mejor si no existiera la necesidad de amar. Si lo que se necesita es procrear, se puede hacer sin tener que amar a la otra persona.
Siempre he pensado qué haría si algún día encontrara una lámpara mágica y al frotarla, un genio me concediera un deseo. Creo que le pediría que me permitiera encontrar a ese tal cupido, mirarlo a los ojos y, antes de dispararle en el corazón, decirle “Ya no volverás a causar sufrimiento al mundo”. Es que cupido es lo más inoportuno y desocupado del mundo. Qué necesidad tiene de andar con su arco, flechando corazones y causando dolores y sufrimientos. Pensándolo bien, en vez de matar a cupido, le clavaría una de sus flechas y así le causaría un dolor mayor que si lo mato de una vez; igual, el amor lo va a matar lentamente.
Todo aquel que esté aburrido con la vida y no tenga el valor suficiente para suicidarse, sólo tiene que hacer algo: enamorarse. El fin será el mismo que si se envenena, dispara, o cuelga por el cuello de una cuerda, pero el dolor que causa el amor es mucho más placentero y torturante y podría llevar a amar la muerte, tal como ella nos ama y espera por nosotros.
Eisen Hawer López
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