Dos ensayos...
- EL VIEJITO DE MI VIDA
Está allí, sentado como siempre en aquella cama, con su habano medio encendido entre su índice y su corazón. Su piel de color oscuro, aunque lastimada por muchos soles, aún no tiene arrugas ni manchas; sus seis décadas y media se reflejan más en su cabellera rucia pero todavía abundante. Para ver sus ojos hay que elevar la mirada varios o, más bien, muchos centímetros. Si dependiera de su abdomen, se le podría confundir con aquel cobrador de renta a quien El Chavo recibían siempre con un golpe en la famosa serie mexicana.
En ocasiones se podría pensar que es mudo, que aquellos ínfimos labios y esa prótesis dental sólo le sirven para reírse de los alegatos que su esposa le regala a diario; ya sea porque llegó tarde de algún sitio, porque se tomó unos cuantos traguitos, o porque sencillamente quiere molestarlo. Sus orejas siempre están abiertas para quien quiera hablarle y su experiencia le permite dar los más acertados consejos.
Nunca lo he visto salirse de casillas, por más preocupante que sea una situación no pierde la calma, mi papá comenta que fue muy estricto. Su paciencia y su buen genio son los azules que más resaltan entre un mar de cualidades. Pero por ironías de la vida ninguno de sus hijos, ni de sus nietos, heredó alguna de esas características.
Siempre ha sido un hombre luchador trabajó desde que era un niño. Cualquier labor que le diera la comida para sus hijos era bien recibida. A pesar de las dificultades de la época, pagó el estudio básico de sus cuatro retoños, claro está, mientras ellos lo quisieron. Desde hace ya algunos años esta recibiendo su pensión, pero no por esto deja de laborar. Se va todos los días a cuidar el jardín de unas cabañas en la misma parcelación de la que se jubiló. Muchos pensarán que lo hace por bobo o por ambicioso; pero a esa edad las personas no quieren sentirse una carga o inservibles a la sociedad, además tiene que matar el tiempo, porque si se queda todo el día en la casa, mi abuela podría enloquecerlo.
Será fácil encontrarlo pescando, es su mayor pasión, lo hace casi todas las tardes y su concentración en esta actividad ha llegado a tal punto que le han robado dos bicicletas mientras esta atrapando animales con su tarro y su nylon. La enfermedad en sus piernas -una tremenda úlcera varicosa- no le impide seguir su vida normalmente; trabajar, pescar, montar en bicicleta y, como todo hombre de la casa, arreglar cuanto objeto se dañe en el hogar. Mirar sus extremidades, en ocasiones, es doloroso, pero él nunca se queja, siempre asegura estar bien. Simplemente en las noches se sienta en la cama de la primera habitación de su casa, a mirar aquel viejo televisor, con su pierna cada vez más delicada sobre un banquito de madera, su habano medio encendido entre su índice y su corazón, a reírse de mi abuela mientras ésta arguye sobre cualquier error del día que acaba de pasar. Ese es el viejito de mi vida… Mi abuelo.
Cheli Melisa Llano Marín
- MI BAÚL
Cuando era una niña Superman me parecía un héroe de pacotilla. Para qué Batman, Acuaman o Flash si lo tenía a él y era mío. ¡Que conformista! Si lo veo ahora.
Se parece mas a ese antihéroe mexicano de vestidura roja y corazón amarillo que dice sandeces divertidas y sus herramientas de lucha no tienen par. De hecho, ese es su apodo, Chapulín. Letra a letra entre más escribo y pienso se hace más grande su similitud. Sus huesos no se elevan mucho del suelo, aunque que puedo decir yo, su piel tiene una tonalidad bizarra, es escarlata. Supongo que de ahí viene el mote, aunque bien podía serlo por todo lo que habla o por su grandiosa manía de inventar las más descabelladas cosas.
Alumbran sus rostro dos luceros verdes de los que sólo saqué la maldita triquiasis y “decora” la parte baja de su cara un mostacho que nos parecía muy feo, hasta el día en que decidió eliminarlo y con risa descubrimos que no tenía labios, extraño para alguien que usa tanto la boca, con suplicas le pedimos que lo dejara renacer.
Su inagotable creatividad nos ha dado regalos que marcaron la época de juegos y travesuras, como aquel caballito de madera blanco que tanto disfruté. Por estos días colecciona latas de bebidas con las que tapizó la finca de extrañas veletas de viento.
Para todo tiene una receta, que si el dolor de oído, “échele leche o un poquito de orines a eso” o como esa vez que me hizo lavar el cabello sin agua porque, según él, quedaba más limpio. Obvio no.
En las tardes de sol se asoma al corredor y encoge sus piernas con los brazos atrás, tiene un silbidito particular, una tonadita inolvidable para anunciar su presencia. Cuando se baña sale a rasparse los talones en el cemento elevando los brazos para que el aire ayude a su desodorización.
Por supuesto en su coloquial vocabulario están todas las frases típicas, esa inagotable cantaleta sobre su valor y la sapiencia de los años o el trauma por la música que escuchamos queriendo silenciarla con excusas inocentes como que los parlantes del computador no sirven para tal fin.
No sabe que es la prudencia, le faltó un esfínter en la lengua que muchas veces lo ha castigado. ¿Pena, qué es eso? Creo que preguntaría. Nunca he visto que se le suba el color a la cara por algo, de todas formas no se le notaría.
Ama tanto su automotor, obviamente rojo, que le compra shampoo de mujer para darle brillo a la pintura. Creo que todos le tenemos algo de celos a su “pichirilo”.
Cada que come algo que tiene papel, al final hace un nudo de confite en este, rasgo que también le heredé, como su genio explosivo que tanto nos critican.
Ahora a sus sesenta años, con la ansiedad de su pensión, a su pelo en una rebeldía juvenil le dio por formar una cresta, lo que no le disgusta mucho, nada raro en él.
Ese es mi baúl, el que siempre nos sorprende con algo distinto, al que me gusta llamarlo por el nombre, o mejor, deformárselo y se enoja diciéndome que él para mi no tiene otro nombre distinto de “Papá”.
Silvana Escobar Arias
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