lunes, 21 de septiembre de 2009

La vida entre montañas (Crónica 2, Periodismo)

Cuando el gallo canta por primera vez, él puede seguir soñando al lado de la compañera de su vida; cuando lo hace por segunda vez, puede decidir: levantarse y supervisar las labores de sus trabajadores, o seguir sumergido entre sábanas; y antes de que cante por última vez, está bañándose, porque se acostumbró a que el aseo fuera su primera actividad.
Nació en medio de montañas, ríos, árboles, su música favorita es el galope de los caballos y su imagen preferida son los cultivos llenos de frutos. Se casó a los 25 años, eso fue hace mucho, tuvo 15 hijos, 2 murieron muy pequeños, los otros 13 “aún están dando guerra”. Su esposa ha sido lo más importante de su vida; su amiga, su amante, su cómplice, su guía. El peor de sus vicios y el dolor de cabeza de su compañera ha sido el aguardiente, ese producto de la Fábrica de Licores de Antioquia que podría ocupar el primer lugar en el ranking de los más vendidos.
Desde muy joven trabajó la agricultura, en esos años tenía que estar en pie antes de las cuatro de la mañana y dejar todos sus deberes listos antes de irse a estudiar. Esa tradición la enseñó a sus hijos. Siempre se esforzó para darles la educación básica a todos, los que no la cursaron fue por decisión propia.
Los tres hermanos con los que creció se fueron del campo para la ciudad, creían que allí habían más oportunidades, pero él pensaba diferente, sentía que en el campo lo tenía todo, además afirma que cuando va a la ciudad se siente sucio, tanta contaminación, los carros, las empresas, lo “empolvan”, y llega “con la ropa negra de mugre.
Pastor, ese es su nombre, y el de su primogénito, optó por seguir la vida campesina, se quedó en la casa donde creció, y tras la muerte de sus padres le hizo algunos arreglos para que sus hijos y su esposa se sintieran más cómodos. Aprovechó las tierras de su progenitor, los únicos alimentos que se conseguían en la plaza eran los que las condiciones de la tierra impedían producir. Trabajó arduamente desde su infancia hasta que su cuerpo se lo permitió, porque aunque ha sido un hombre de salud inquebrantable, dice que prefiere no abusar de su buena suerte.
Su estabilidad económica es envidiada por los vecinos de la vereda La Compañía, del municipio de San Vicente. No vive en una casa lujosa porque prefiere lo sencillo, podría irse para una casa en la ciudad pero como ya se mencionó, y en sus expresiones cotidianas agradece la suerte de vivir en medio de la naturaleza.
Actualmente tiene a varios amigos trabajando en sus tierras, les indica cómo deben cultivarlas, es de ese modo, el que le enseñó su padre, estrictamente. Como buen campesino es bondadoso, constantemente expresa “la comida no se le niega a nadie”, así que es común ver a los trabajadores después de su jornada laboral, tomando “alguito” en la casa de don Pastor.
Su casa se sigue abasteciendo de lo que brinda el entorno, el resto de la producción la manda para la plaza de mercado de Rionegro los sábados, estas ventas son su sustento y el salario de los trabajadores. La mayoría de los hijos están lejos del hogar, pero no se olvidan de ellos, los tres que aún los acompañan ayudan en las labores domésticas. Pastor pasa los días contemplando el paisaje que considera sagrado, supervisando que sus tierras sean bien cultivadas, y regalando constantes besos de sus arrugados labios a la anciana frente de su esposa.

Cheli Melisa Llano Marín

martes, 8 de septiembre de 2009

Eterna búsqueda de amor (Crónica 1, Periodismo)

Son las ocho de la noche. Es sábado, y La Ceja se encuentra, como todos los fines de semana, inundada de licor, festejos y rumba. En las calles hay jóvenes, adultos y niños; beben, fuman, cantan, bailan, ríen y pelean.
Parada frente al espejo de su baño está Karina ; aunque sólo tiene quince años, se maquilla como una mujer mayor. Sus ojos oscuros, pintados de azul cielo y negro, reflejan la tristeza e inconformidad con que vive. Su cabello corto de color grisáceo, piercings y labios rojos, muestran una niña salida de los esquemas sociales.
Mientras se viste, piensa en la o las personas que pasaran hoy por sus labios y, probablemente, por su cama.
Está disfrazada de negro. Una blusa escotada deja ver sus senos grandes. Luce un yin oscuro, una correa de taches y unos tenis planos. Contempla su figura en el espejo y llora; seca sus lágrimas negras y sale de su casa en busca de “amor”.
Cuando llegó a La Zona Rosa -ese lugar que la alberga todos los fines de semana y en el que ha llorado inclementemente y reído hasta el cansancio- entró a un bar cualquiera, pidió una cerveza y bebió desprevenidamente esperando que el tiempo se le ahogara en licor.
Dos cervezas le bastaron para identificar a quien sería el receptor de sus pasiones y deseos. Él estaba en la barra y, como Karina, bebía solo. Ella se le acercó, lo invitó a un trago y hablaron veinte minutos, aproximadamente. Coqueteaban y reían. En un momento de locura y arrebato, se besaron con la ferocidad que un león hambriento devora una indefensa gacela.
Ella se sentía segura de lo que pasaría esa noche. Ya había dado el primer paso; todo era cuestión de tiempo, y licor. Antes de salir para su casa, él le pidió un minuto para ir al baño. Curiosamente, confundió la puerta con la de la salida del bar y no regresó.
Karina estaba sola, igual que siempre. La rodeaban un montón de fantasmas que no se percataban de su presencia. A media noche, salió del bar, algo ebria. Iba en busca del calor y la tranquilidad que el mundo exterior no le ofrecía y que podía encontrar, con una pastilla, abrigada por los pitufos que adornan su cobija.
Caminó sola hasta su casa. Era un ser invisible que no ocupaba espacio en el mundo ni en el tiempo; no existía para nadie.
Su casa queda en un segundo piso de un edificio del centro de la ciudad. Abrió la puerta y entró. En las escalas había una chica rubia, de labios rojos provocativos y ojos oscuros como la noche. Estaba recostada a la pared y sostenía un vaso de ron. Karina no le prestó mucha atención; empezó a subir las escaleras, en busca de su casa y cuando pasaba al lado de la rubia, sin querer –o quizá sí- le derramó el trago sobre la ropa. Sintió una gran pena y amargura, pues pensaba que la noche no podría haber sido peor.
Invitó a la mujer a entrar a su casa para que pudiera lavarse un poco. La rubia entró al baño de la habitación de Karina, mientras ésta organizaba su cama y se desnudaba para dormir. Se paró frente al espejo, desnuda. Por el reflejo notó que la puerta del baño se abría y la mujer –de la que no sabía ni siquiera el nombre- salía del baño, en ropa interior y con el resto de su indumentaria en la mano. Se miraron a los ojos fijamente por el espejo. Karina dio media vuelta y se le acercó lentamente. La mujer dejó caer su ropa y empezó a desabrochar su brasier. Karina la acarició, con ternura, desde el rostro hasta el abdomen. Se besaron con pasión; se amaron casual y momentáneamente hasta el cansancio. Llegaron a la cúspide del placer y se ahogaron en besos, caricias y silencio.
Al otro día Karina despertó temprano. Su madre aún dormía y sus hermanos no estaban en casa; su cama estaba vacía. Sólo tenía el recuerdo de esa mujer que la amó y huyó como un ladrón a la madrugada. Sólo fue una más en su lista; otra desconocida e innombrable aventura casual, como tantas que han pasado por su cama y como las que seguirán pasando hasta que la rutina termine por internar a Karina en su completa locura.

Eisen Hawer López Chica

Reserva para la libertad (Crónica 1, Periodismo)

Fin de semana, se acerca la noche, huele a música, a licor, a fiesta. Al parecer todos los rionegreros salen de sus madrigueras en busca de diversión. La mayoría opta por quedarse en el Oriente antioqueño, pero unos cuantos, al parecer como una huída desesperada de esta región y sus estigmas, se embarcan rumbo a la capital del departamento; esa ciudad de la eterna primavera que les permite mostrar lo que en su pueblo natal ocultan.
Un joven moreno, no más de 27 años, 1,80 metros, facciones bruscas, frente ancha, labios gruesos, un físico que habla por sí sólo: cliente fijo de algún gimnasio; iba en un bus para Medellín, se encuentra con un amigo, su esposa y su perro. Ellos se dirigían a La Floresta a un asado, él no evidenció su destino en la conversación. En el camino la pareja lo invita “vamos al asado, anímate, llama a una amiga”, después de mucho excusarse y ante la insistencia, aceptó.
Sacó su celular del bolsillo, su rostro era como el de un niño que se siente obligado a obedecer una orden impuesta. No sé si hablaba, si fingía hacerlo, pero tenía toda la presión de sus acompañantes a sus espaldas, no dejaban de mirarlo, estaban atentos a la respuesta de quién estuviera al otro lado del teléfono. Llamó a unas cuatro o cinco mujeres, a todas les hablaba de la misma forma, no se puede negar que usaba las frases típicas de todo un “Don Juan” en el momento de la conquista.
Las conversaciones eran cortas, de dos o tres minutos, cuando finalizaban comunicaba que la respuesta había sido negativa. Fue igual en todos los casos, ninguna aceptaba acompañarlo, él no insistía. Sus amigos trataron de convencerlo una vez más, “entonces ven tú solo”, pero lo tedioso de no tener compañera a lo largo de toda la fiesta funcionó como excusa para negarse a asistir en el camino restante.
El bus llegó a su destino, la estación Universidad, allí algunos continúan el recorrido en taxi, en otro bus, o en el metro de Medellín, que atraviesa la ciudad de norte a sur. La pareja y su mascota abordan un taxi, es más rápido y más cómodo, se despiden del cliente de gimnasio, que opta por tomar el metro. Al momento de entrar a la estación la tranquilidad volvió a él, era haberse librado de una carga que no sabía cómo esquivar. También se dirigía al sur, así que subí en el mismo vagón.
Ingresó al metro cómo cualquier ciudadano que necesita el servicio, no despertó la curiosidad de muchos, era uno más. Cómo es habitual no habían sillas vacías, así que caminó hacia la puerta del otro lado se puso frente a ésta y se fue mirando la panorámica de la ciudad. Las estaciones se quedaban atrás, no había nada de novedoso, el camino avanzaba y el hombre no hacía nada. Estando ya en la estación Exposiciones, justo después de pasar por el centro de la ciudad, vuelve a usar su celular, pero esta vez por decisión propia.
Llamó a alguien, por sus palabras podría estar hablando con una mujer, pero por su entonación era evidente que se trataba de un hombre. Fue algo así como una transformación, un abandono de la máscara que traía de su pueblo. Pasó de usar una voz gruesa, a usar una suave y delicada; ya no se veía como el hombre musculoso que visitaba el gimnasio, sino como un homosexual extremadamente preocupado por su apariencia, que hablaba muy bajo, como para que nadie lo escuchara.
Ésta última conversación, no trató de convencer, no trató de conquistar; era, más bien, una forma sutil de declaración, una voz patente de ansiedad, y una muestra clara amor. Era simplemente un aviso de que dentro de poco llegaría donde un acompañante que ya existía. El metro también llegó a su destino, Itagüí, se bajó rápidamente, cruzó el puente, y subió a un taxi. Se veía feliz, aunque muy ansioso. El taxi llegaría en aproximadamente cinco minutos a Nivel, su destino final, una discoteca homosexual donde es necesario hacer una reservación previa. Allí, por fin se liberaría por completo de sus miedos, de sus máscaras, y viviría como cualquier heterosexual una buena experiencia con su pareja.

Cheli Melisa Llano Marín

Jugando a ser yo (Crónica 1, Periodismo)

La posición en la que estaba recostada y la cobija delgada que le cubría, permitían que se dibujaran perfectamente sus curvas y voluptuosidad que, según ella, es poca. El reloj hacía un ángulo de noventa grados, eran las nueve de la noche y la apertura de la puerta de su habitación importunó su descanso. Alertada giró su rostro para ver quien, sin pedir permiso, entró en su sacrosanto espacio. Una cola de caballo despeinada, el rastro de un maquillaje envejecido por las horas y su ropa para dormir, la rosadita y adornada, la decoraban en ese instante de la noche. Mientras salía de su habitación dejaba atrás su pila de ropa en el suelo, cosméticos de distintas clases en una silla improvisada como mesa, sus dibujos pegados por todo lado y ese extraño ángel que le hizo a una pared. Como siempre, ahí estaba pronunciando consejos extraños; pero funcionales, hablando de hombres; aunque ahora no comparte su tiempo con ninguno, prestando su oreja para escuchar historias ajenas. De la niña con mala cara, sin aretes y de pelo raso, que lucía una camisa naranja a rayas en aquella foto hace doce o trece años, ya no queda nada y queda todo.
Ahora, a sus dieciocho años, con su caminar quebrado y mirada de fuego nadie duda que Maritza sea toda una mujer. De hecho siempre lo ha sido, así lo dictaminó la naturaleza y así ella siempre se ha sentido, aunque años antes su forma de expresarlo no se ajustara a lo que esperaban los otros.
Por otro lado, en un contexto cercano y una historia distinta y a la vez igual, hace más de dos décadas Sara esperaba ansiosa su primer bebé. Consentía su barriga llamándole tiernamente Catalina a su futuro hijo. Pero Catalina nunca nació, quien vio la luz fue Andrés, como ahora le gusta que lo llamen. Las prioridades de crianza cambiaron radicalmente, había sido un “varón” quien inauguró la familia.
A Maritza nunca le gustaron las muñecas, dejó que otra se las destruyera; nunca quiso peinar las marañas de su cabello, por eso, contra su voluntad, lo llevó tan corto como el de un niño; nunca se cubrió con esos vestidos que más parecían un ponqué muy decorado y, dando muestra de cómo sería su carácter, los hizo guardar eternamente; siempre prefirió la compañía de su hermano y las mil aventuras que él le inventaba con carritos y “capalobos” que los juegos tontos que le proponía la otra “mujercita” de la casa.
A Andrés no le gustó el fútbol, era más divertido hacer equilibrio en los tacones de mamá y cargar sus collares pesados en el cuello; los juegos que armaban sus compañeros de escuela eran aburridos, tanto que elegía siempre ser un personaje de Sailor Moon, el de cabello rubio para que se pareciera a él, y divertirse al lado de sus muchas amiguitas.
Para Maritza pocas veces representaron un problema sus gustos y apariencia, excepto aquella vez que un señor cualquiera le dijo a ella y a su hermanito: “tan lindos los gemelitos”.
Andrés sí sintió miradas acusantes, rumores malintencionados, exclusiones hirientes que incluso venían de él mismo. Inventó mil enamoradas, intentó ser uno del montón. Pero, aunque le tomó algún tiempo, un día veraniego, a mediados de un año cualquiera se invitó a ser feliz. El proceso fue doloroso, malos entendidos separaron amistades y algunos corazones negros rompieron el suyo, pero aprendió, alejando el miedo aprendió. Hoy no anda en tacones, no carga collares multicolores, tampoco ve o juega fútbol, no le gustan las carreras de autos, tampoco las mujeres. Reparte su tiempo entre el estudio, el amor y su nuevo proyecto: Corazonada, el bar que la comunidad Gay de Medellín estrena por estos días. Se mira en el espejo y, satisfecho, al otro lado ve el reflejo de Andrés.
Ahora es Maritza quien de mala gana, pero con fuerza, empuja la puerta, rompe el silencio con un silbidito de saludo y atraviesa la cocina contoneándose perezosamente, ceñida en su traje azul que, por cierto, le queda muy bien. Tras unos minutos en el interior de su casa grande, casi sin descansar sus movimientos lentos evoca al “mechudito” que le acelera el corazón. Ella es temperamental, inconscientemente coqueta y con un alma que se le puede ver en la piel. Sabe que hace diez años y hoy, simplemente, siempre ha sido Maritza.

Silvana Escobar Arias.

La misma Historia

La vida humana es tan frágil, tan miserable, tan efímera… No hace falta tener ochenta o noventa años para esperar la muerte; tampoco hace falta estar enfermo de gravedad; por más estúpido o risible que parezca, lo único que hace falta para morir, es estar vivo.
Relatar de nuevo esa historia, aparte de ser repetitivo, es doloroso. Ya los medios pasaron, hasta el hastío, por sus micrófonos, cámaras, y páginas, la tragedia de la familia Ortiz y la familia Jaramillo; Esa que fue también la tragedia del pueblo cejeño.
Pero a los medios se les olvidó mostrar algo. Ninguno presentó el dolor que yo estaba sintiendo por lo ocurrido, ni lo que tenía para decir. Todos los medios se olvidaron de mí y aún no me explico por qué. Ah, claro. Ha de ser porque asistí al velorio justo cuando no había cámaras buscando insensatamente el llanto y la tristeza de las personas; o quizá fue porque no soy alcalde ni concejal, y tampoco luzco corbata y gafas oscuras para disfrazar una tristeza que, igualmente, va a saltar de los lentes y se va a confundir con la tristeza ajena, la misma que todos sentíamos; o tal vez porque pasé casi cuatro días encerrado en mi habitación, llorando y tratando de asimilar la muerte de una amiga y de otros conocidos. A los medios se les olvidó mencionar que Paola era mi amiga.
La conocí hace aproximadamente tres años, por coincidencias de la vida, pues ambos solíamos ir a lo que se conoce como “El Oratorio”, en el colegio Salesianos. Nos hicimos buenos amigos, no sólo de sábados –que era los días que asistíamos al oratorio- yo también iba a su casa y me hice amigo de sus cuatro hermanitos (también fallecidos en el accidente) y entablé una buena relación con su papá Diego (igualmente fallecido) y su mamá Olga (única sobreviviente del accidente).
Por esas cosas que uno no logra comprender dejamos de vernos por un largo tiempo. Quizá ya a ninguno de los dos nos quedaba espacio por nuestros estudios y estábamos más dedicados a otras cosas. Nos veíamos ocasionalmente en las calles y nos saludábamos como dos conocidos. La última vez que hablé con ella, recuerdo que me abrazó, pero eso fue hace mucho.
Ni siquiera estaba enterado de sus planes religiosos en el futuro; tampoco sabía que era la personera de su colegio y mucho menos que ya no vivía en aquella casa del barrio El Paraíso, donde alguna vez me invitó a comer las ricas empanadas que hacía su mamá.
Ahora que no está, desempolvé un afiche que me había regalado, de esa muñeca (Pucca) que tanto odio y que dice “Por ti hago lo que sea”, y no he parado de ver la foto de mis grados en la que estoy con ella. No dejo de lamentarme y como siempre sucede, quisiera que estuviera viva para decirle muchas cosas, para robarle ese beso que nunca le robé porque era muy cobarde, a pesar de que sabía que ella quería. Es triste que todos esos instantes se vallan de un momento a otro. Son esas cosas que, como todo, tienen un principio pero que uno quisiera que no tuvieran un final.
A Paola no pude verla en su ataúd, ya que el cuerpo fue encontrado el mismo jueves, 18 de junio (según la emisora local Celeste estéreo. Los medios nacionales habían dado una información errada) día en el que estaba programado el entierro colectivo.
Tal vez ese ha sido uno de los motivos por el que aún no logro superarlo. Dicen que ver a los muertos es bueno para asimilar su partida. Yo me quedé con una última imagen suya, apenas unas horas antes de su muerte y después de más de medio año de no verla. Estaba ahí, parada en la esquina de la ye, como si esperara mi paso para decirme con una sonrisa “hola”, y con su mirada “adiós”.
Ahora que Paola se ha ido nuestra relación no ha cambiado mucho. No nos vemos, no hablamos… Pero lo que más me entristece es saber que, como ella, no somos ni valemos nada para el mundo. La vida humana puede significar mucho, pero a la vez se va en milésimas de segundo. Por ejemplo, en lo que tarda una camioneta en caer a un río.
El colegio Maria Josefa Marulanda, el mismo que fuera el templo de aprendizaje de Paola, Mateo y Sarita, ahora se llenaba con el frío de sus cadáveres y el de sus familiares, y la mirada de decenas de dolientes y curiosos que acudieron masivamente al velorio y al entierro.
Esa tarde La Ceja vivió un ambiente de Apocalipsis. El aire era denso, como si la tristeza pesara, literalmente. A pesar de la muchedumbre reunida en el parque principal y en la Basílica menor, era aterradora la sensación de soledad. Era imposible salir a las calles y no ver a la muerte, con su hábito negro y su Oz en la mano, caminando de un lado para otro, riéndose de ella misma y escuchando el eco que producían sus pasos en medio de la multitud.
Han sido días difíciles. Todos los canales de televisión mostraban la tragedia hasta tres veces al día. A eso se le suma la noticia de la madre que mató a su niño recién nacido, y salió llorando ante el mundo pidiendo que le devolvieran a su hijo. Ahora entiendo por qué en Colombia no hay superhéroes. Es que los superhéroes sólo luchan contra seres extraños, mutantes o extraterrestres: Duende Verde, Guazón, Lex Luthor, el como se llame hombre de arena enemigo de Spider Man… ninguno de ellos humano, al menos no completamente. Es que contra la maldad, el odio y el rencor humano, no hay nada que se pueda hacer. La humanidad está inminentemente condenada.
Aún así, hay gente que no pierde la fe. Olga Teresita Ramírez, después de sepultar a su esposo y a sus cinco hijos, dice estar tranquila. Cree que si dios no la dejó morir es porque aún tiene una misión que cumplir en este mundo y sigue manteniéndose firme, claro está, “gracias a dios”.
Pensar así, sí que es un acto de nobleza y resignación. Yo más bien pienso que lo que le pasa a doña Olga es una venganza ¿Por qué? No lo se. Quizá ella no tenga porqué estar pagando esa pena, pero ese dios vengativo descargó en ella toda la ira que sentía contra esta podrida humanidad. No encuentro otra explicación.
Una vez más, ese dios imaginario, ese que los humanos se han inventado –así como se inventaron al ratón Pérez y al conejo de pascua- se divierte a costa de nuestras lágrimas. El mismo dios al que doña Olga ora todas las noches para que le de valor y no desfallecer; Ese mismo que le arrebató a su familia y dejó morir a esas personas cuando se encaminaban a pagar una promesa por un favor que “él mismo” les había concedido. Cómo es que un dios que es todo amor y bondad permite algo así. Ah, perdón. Cómo culpar a dios, si la culpa fue de un tronco que había en medio de la carretera, y también de ésta por estar mojada. Dios sólo era un espectador silencioso y un testigo irrelevante de esta tragedia.
Sí, injustas y dolorosas ironías del destino. Pero la vida sigue; lastimosamente, lo creo a veces. Esta tragedia nos conmovió a todos. Lloramos unos días, pero en unos cuantos lo recordaremos como una historia más. Es duro, sí, pero cierto. Lo único que me consuela es saber que soy humano y que también he de morir algún día.
Eisen Hawer López Chica

La muerte también ama

“El amor es como un dolor de muelas”, o por lo menos lo era para Luís Tejada. Pero yo no creo que el amor sea como un dolor de muela, no sería suficiente definirlo así. ¿Qué podría ser peor que un dolor de muela? Tal vez un cólico menstrual, o una migraña, o una peladura en las encías justo encima de los dientes delanteros.
El amor es una combinación de las cosas más hermosas, deliciosas y placenteras, con las más horribles, asquerosas y dolorosas. El amor podría ser una barra de 2x2 metros de chocolate blanco, y podría ser un nacido en las posaderas; podría ser un inmenso jardín de rosas, violetas, girasoles y orquídeas, y podría ser un frívolo y tenebroso cementerio, abandonado, incluso, por sus propios muertos; podría ser reír hasta que nos duela el estómago, y podría ser llorar hasta que nos duela el alma… todos esos placeres y dolores son similares pero inferiores a los que causa el amor.
Pero quizá lo que más se parezca al amor sea un parto; el angustioso y muy eterno dolor de un parto. Claro que, obviamente, nunca seré madre ni tendré la desgracia de parir, pero por lo que sé, el dolor de un parto podría ser mayor que un dolor de muelas. Y qué mejor analogía que esa. Cuando una mujer queda embarazada, está feliz (la mayoría de las veces), disfruta de su embarazo cargando en su vientre y cuidando a quien será vida de su vida. Durante nueve meses todo son mimos y cuidados, pero se llega la hora del parto. La felicidad que debería sentir la madre es empañada por el intenso dolor que le produce la criatura que está apunto de salir de su cuerpo. Después de dar a luz, la madre está feliz de nuevo y, probablemente, su dolor ha pasado.
Así es el amor. Cuando alguien se enamora está feliz. Siente que esa otra persona es parte, no sólo de su vida, sino también de su cuerpo; ambos son un solo ser. Cuando se está en la etapa del enamoramiento, todo son mimos y cuidados, besos y caricias, palabras lindas y felicidad. Cuando el amor empieza a acabarse y se vuelve insoportable la situación, llega la hora del “parto”. Sin duda, la parte más difícil de estar enamorado es la de desenamorarse. Sacar del corazón (o de donde sea que se meta) a esa otra persona, es un proceso mucho más largo, torturante y doloroso que un parto. Ojalá desenamorarse fuera tan fácil como parir; soportar dolor por unos minutos, pero pujando varias veces se sale ese otro ser del cuerpo. Tener que olvidar es peor. Cambiaría mil veces el dolor que se siente después de haber amado con locura a alguien, por el de un parto o un dolor de muelas, después de todo, el dolor físico hace menos daño que el que nos produce el amor. Siempre he tenido presente que quien ama está condenado a sufrir, pero hay quienes dicen que no es cierto, que también existen personas que se aman hasta la muerte; precisamente, nuestra cultura nos enseñó que la muerte nos debe doler y, por lo tanto, hacernos sufrir.
El mundo sería mucho mejor si no existiera la necesidad de amar. Si lo que se necesita es procrear, se puede hacer sin tener que amar a la otra persona.
Siempre he pensado qué haría si algún día encontrara una lámpara mágica y al frotarla, un genio me concediera un deseo. Creo que le pediría que me permitiera encontrar a ese tal cupido, mirarlo a los ojos y, antes de dispararle en el corazón, decirle “Ya no volverás a causar sufrimiento al mundo”. Es que cupido es lo más inoportuno y desocupado del mundo. Qué necesidad tiene de andar con su arco, flechando corazones y causando dolores y sufrimientos. Pensándolo bien, en vez de matar a cupido, le clavaría una de sus flechas y así le causaría un dolor mayor que si lo mato de una vez; igual, el amor lo va a matar lentamente.
Todo aquel que esté aburrido con la vida y no tenga el valor suficiente para suicidarse, sólo tiene que hacer algo: enamorarse. El fin será el mismo que si se envenena, dispara, o cuelga por el cuello de una cuerda, pero el dolor que causa el amor es mucho más placentero y torturante y podría llevar a amar la muerte, tal como ella nos ama y espera por nosotros.
Eisen Hawer López
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