Son las ocho de la noche. Es sábado, y La Ceja se encuentra, como todos los fines de semana, inundada de licor, festejos y rumba. En las calles hay jóvenes, adultos y niños; beben, fuman, cantan, bailan, ríen y pelean.
Parada frente al espejo de su baño está Karina ; aunque sólo tiene quince años, se maquilla como una mujer mayor. Sus ojos oscuros, pintados de azul cielo y negro, reflejan la tristeza e inconformidad con que vive. Su cabello corto de color grisáceo, piercings y labios rojos, muestran una niña salida de los esquemas sociales.
Mientras se viste, piensa en la o las personas que pasaran hoy por sus labios y, probablemente, por su cama.
Está disfrazada de negro. Una blusa escotada deja ver sus senos grandes. Luce un yin oscuro, una correa de taches y unos tenis planos. Contempla su figura en el espejo y llora; seca sus lágrimas negras y sale de su casa en busca de “amor”.
Cuando llegó a La Zona Rosa -ese lugar que la alberga todos los fines de semana y en el que ha llorado inclementemente y reído hasta el cansancio- entró a un bar cualquiera, pidió una cerveza y bebió desprevenidamente esperando que el tiempo se le ahogara en licor.
Dos cervezas le bastaron para identificar a quien sería el receptor de sus pasiones y deseos. Él estaba en la barra y, como Karina, bebía solo. Ella se le acercó, lo invitó a un trago y hablaron veinte minutos, aproximadamente. Coqueteaban y reían. En un momento de locura y arrebato, se besaron con la ferocidad que un león hambriento devora una indefensa gacela.
Ella se sentía segura de lo que pasaría esa noche. Ya había dado el primer paso; todo era cuestión de tiempo, y licor. Antes de salir para su casa, él le pidió un minuto para ir al baño. Curiosamente, confundió la puerta con la de la salida del bar y no regresó.
Karina estaba sola, igual que siempre. La rodeaban un montón de fantasmas que no se percataban de su presencia. A media noche, salió del bar, algo ebria. Iba en busca del calor y la tranquilidad que el mundo exterior no le ofrecía y que podía encontrar, con una pastilla, abrigada por los pitufos que adornan su cobija.
Caminó sola hasta su casa. Era un ser invisible que no ocupaba espacio en el mundo ni en el tiempo; no existía para nadie.
Su casa queda en un segundo piso de un edificio del centro de la ciudad. Abrió la puerta y entró. En las escalas había una chica rubia, de labios rojos provocativos y ojos oscuros como la noche. Estaba recostada a la pared y sostenía un vaso de ron. Karina no le prestó mucha atención; empezó a subir las escaleras, en busca de su casa y cuando pasaba al lado de la rubia, sin querer –o quizá sí- le derramó el trago sobre la ropa. Sintió una gran pena y amargura, pues pensaba que la noche no podría haber sido peor.
Invitó a la mujer a entrar a su casa para que pudiera lavarse un poco. La rubia entró al baño de la habitación de Karina, mientras ésta organizaba su cama y se desnudaba para dormir. Se paró frente al espejo, desnuda. Por el reflejo notó que la puerta del baño se abría y la mujer –de la que no sabía ni siquiera el nombre- salía del baño, en ropa interior y con el resto de su indumentaria en la mano. Se miraron a los ojos fijamente por el espejo. Karina dio media vuelta y se le acercó lentamente. La mujer dejó caer su ropa y empezó a desabrochar su brasier. Karina la acarició, con ternura, desde el rostro hasta el abdomen. Se besaron con pasión; se amaron casual y momentáneamente hasta el cansancio. Llegaron a la cúspide del placer y se ahogaron en besos, caricias y silencio.
Al otro día Karina despertó temprano. Su madre aún dormía y sus hermanos no estaban en casa; su cama estaba vacía. Sólo tenía el recuerdo de esa mujer que la amó y huyó como un ladrón a la madrugada. Sólo fue una más en su lista; otra desconocida e innombrable aventura casual, como tantas que han pasado por su cama y como las que seguirán pasando hasta que la rutina termine por internar a Karina en su completa locura.
Eisen Hawer López Chica
Parada frente al espejo de su baño está Karina ; aunque sólo tiene quince años, se maquilla como una mujer mayor. Sus ojos oscuros, pintados de azul cielo y negro, reflejan la tristeza e inconformidad con que vive. Su cabello corto de color grisáceo, piercings y labios rojos, muestran una niña salida de los esquemas sociales.
Mientras se viste, piensa en la o las personas que pasaran hoy por sus labios y, probablemente, por su cama.
Está disfrazada de negro. Una blusa escotada deja ver sus senos grandes. Luce un yin oscuro, una correa de taches y unos tenis planos. Contempla su figura en el espejo y llora; seca sus lágrimas negras y sale de su casa en busca de “amor”.
Cuando llegó a La Zona Rosa -ese lugar que la alberga todos los fines de semana y en el que ha llorado inclementemente y reído hasta el cansancio- entró a un bar cualquiera, pidió una cerveza y bebió desprevenidamente esperando que el tiempo se le ahogara en licor.
Dos cervezas le bastaron para identificar a quien sería el receptor de sus pasiones y deseos. Él estaba en la barra y, como Karina, bebía solo. Ella se le acercó, lo invitó a un trago y hablaron veinte minutos, aproximadamente. Coqueteaban y reían. En un momento de locura y arrebato, se besaron con la ferocidad que un león hambriento devora una indefensa gacela.
Ella se sentía segura de lo que pasaría esa noche. Ya había dado el primer paso; todo era cuestión de tiempo, y licor. Antes de salir para su casa, él le pidió un minuto para ir al baño. Curiosamente, confundió la puerta con la de la salida del bar y no regresó.
Karina estaba sola, igual que siempre. La rodeaban un montón de fantasmas que no se percataban de su presencia. A media noche, salió del bar, algo ebria. Iba en busca del calor y la tranquilidad que el mundo exterior no le ofrecía y que podía encontrar, con una pastilla, abrigada por los pitufos que adornan su cobija.
Caminó sola hasta su casa. Era un ser invisible que no ocupaba espacio en el mundo ni en el tiempo; no existía para nadie.
Su casa queda en un segundo piso de un edificio del centro de la ciudad. Abrió la puerta y entró. En las escalas había una chica rubia, de labios rojos provocativos y ojos oscuros como la noche. Estaba recostada a la pared y sostenía un vaso de ron. Karina no le prestó mucha atención; empezó a subir las escaleras, en busca de su casa y cuando pasaba al lado de la rubia, sin querer –o quizá sí- le derramó el trago sobre la ropa. Sintió una gran pena y amargura, pues pensaba que la noche no podría haber sido peor.
Invitó a la mujer a entrar a su casa para que pudiera lavarse un poco. La rubia entró al baño de la habitación de Karina, mientras ésta organizaba su cama y se desnudaba para dormir. Se paró frente al espejo, desnuda. Por el reflejo notó que la puerta del baño se abría y la mujer –de la que no sabía ni siquiera el nombre- salía del baño, en ropa interior y con el resto de su indumentaria en la mano. Se miraron a los ojos fijamente por el espejo. Karina dio media vuelta y se le acercó lentamente. La mujer dejó caer su ropa y empezó a desabrochar su brasier. Karina la acarició, con ternura, desde el rostro hasta el abdomen. Se besaron con pasión; se amaron casual y momentáneamente hasta el cansancio. Llegaron a la cúspide del placer y se ahogaron en besos, caricias y silencio.
Al otro día Karina despertó temprano. Su madre aún dormía y sus hermanos no estaban en casa; su cama estaba vacía. Sólo tenía el recuerdo de esa mujer que la amó y huyó como un ladrón a la madrugada. Sólo fue una más en su lista; otra desconocida e innombrable aventura casual, como tantas que han pasado por su cama y como las que seguirán pasando hasta que la rutina termine por internar a Karina en su completa locura.
Eisen Hawer López Chica
1 comentarios:
Que bien logras retratar los espacios y las situaciones...es como si por un momento hicieras que uno sienta lo que siente el personaje!!!
Me gusta mucho como escribes. Un abrazo
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