lunes, 1 de junio de 2009

Ciudad Crónica

Los siguientes son dos reflexiones apartir del cortometraje Colombiano de Klych López, Ciudad Crónica.
  • EL NEGOCIO MÁS RENTABLE

“Vender, vender, y vender”, de eso se trata el periodismo. O por lo menos de eso se trata en un país en el que estamos acostumbrados a creernos todo lo que nos dicen, a comprar todo lo que nos ofrecen y a pensar lo que nos dicen que pensemos. Hace poco leí en un comic llamado Robot, algo que decía “Mentir está bien. La gente es estúpida y hay que decirles que pensar”. Quizá quien lo lea podrá ofenderse y creer que no es cierto, pero por más que nos duela, es un fiel reflejo de lo que somos.
El compromiso del periodista es con la verdad y, obviamente, con la sociedad. Pero muchas veces toda esa ética que nos enseña la academia, se pierde en el camino del ejercicio. La necesidad de tener un trabajo estable es la que impulsa a un periodista a venderse, a dejar a un lado su verdadero compromiso profesional y ser el idiota útil de quien le da el sustento. Unos por necesidad, otros por simple avaricia; parece que el destino del periodista fuera ser parte de una ideología y seguir intereses propios y de quien se los impone. Pero es exagerado generalizar. Yo no pienso que los buenos seamos más -ni siquiera se si estoy catalogado dentro del grupo de “los buenos”- de hecho, creo todo lo contrario. Pero también sé que aún hay periodistas que le siguen guardando fidelidad al público, a la sociedad; periodistas que le siguen apostando a la verdad y a su responsabilidad social. Claro que en nuestro hermoso país asesino, eso siempre va a ser arriesgado y un acto casi suicida, pero hay que tomar el riesgo, teniendo en cuenta que le servimos un poquito más a la sociedad si estamos vivos. El problema es que siempre va a haber una competencia, no por quién da alguna noticia, sino por quién la da primero. La primicia, para mi, la muy detestada primicia, que siempre está condicionando y calificando la labor periodística. El medio más eficiente siempre va a ser el que primero dé la noticia. Es una tarea casi imposible cambiar esa concepción, ya que lo que la gente ve, lee y escucha, está en constante lucha por la anhelada primicia.
Ciudad Crónica nos da una leve ilustración de lo que no se debe hacer. Ya sabemos que lo que más vende es un titular llamativo, una imagen del, o los muertos, del atentado, del accidente. La gente busca algo que le dé mucho de que hablar y con que alimentar el morbo por unos segundos; pero cuál es el verdadero aporte social si lo que buscamos es vender con noticias ficticias y especulaciones. De que nos sirve tener una primicia si no sabemos la información completa. Para quien la quiera aprovechar, sabrá modificarla y terminarla a su gusto y conveniencia, pero si la labor periodística de verdad quiere aportarle bueno algo a las pervertidas mentes de la sociedad, hay que empezar por cambiarles la cara de la realidad. No estoy diciendo con esto que hay que mentirles u ocultarles lo que sucede, más bien, mostrar el otro lado, lo que los medios que se pelean no muestran por estar ocupados en su constante e infinita búsqueda de la primicia.
El periodismo, fácilmente, podría ser el negocio más rentable del país, claro, si no existiera el narcotráfico y las pirámides. Y es que aparte de vivir en un país marcado por una historia violenta, es un país masoquista que siempre está buscando ver muerte y desastres, por eso acuden a medios superficiales. Claro que ese periodismo amarillista es válido, no podemos quitarle a la sociedad lo que quiere consumir; el país podría perturbarse sin su dosis diaria de sangre, violencia y Amarillismo. De todas formas, siempre habrá alguien cansado de ver lo mismo y llegar al punto de la insensibilidad ante hechos trágicos, y busque algo que no esté mostrando el lado “sensacionalista” de los medios o de la realidad.
Los que queremos hacer una verdadera labor informativa y aportar al cambio, casi imposible, del país, probablemente estemos condenados a morirnos de hambre si lo único que sabemos hacer es un excelente trabajo periodístico. Eso podría terminar cuando ya no tengamos a quien ganarle.
Eisen Hawer López Chica.
  • OFICIO DE PASIONES

Más que analizar los personajes, apiñar datos sobre el director, los actores, críticas y galardones, o hablar de todas esas cosas que suelen analizarse después de ver una película, de Ciudad Crónica quiero plasmar sensaciones, esas que a veces hay que poner a un lado para, desde la labor periodística, retratar la realidad; otras tantas son aliadas, ayudan a pintar paisajes escritos de lo que vemos y queremos transmitir; emociones que nos genera y hacemos despertar con el oficio ambivalente del periodismo.
Se tiene que estar un poco loco, o, al menos, ser de algún modo diferente, si se quiere dedicar la vida al periodismo. A muchos nos ha pasado que cuando la familia o personas cercanas indagan sobre las aspiraciones profesionales futuras y escuchan de nuestros labios un entusiasta ¡quiero ser periodista!, sin medir exageraciones reclaman: ¿periodista?, pero si en eso no se gana dinero, no va a ser nadie, le toca correr muchos riesgos, la pueden hasta matar…
Quizá sea cierto, pero así como los cirujanos sienten pasión por cortar la piel, ver la sangre deslizarse, sentir los peores olores humanos y enfrentarse con las enfermedades más crueles para tratar de aliviar los dolores, los periodistas amamos estar de frente con la realidad, incluso con la más grave, ensangrentada y lastimada, contarla es nuestra manera de intentar curarla.
Decidir ser periodista es el primer obstáculo de los tantos que se nos pondrán en el camino. Las confusiones morales, problemas concretos y enemigos, visibles e invisibles siempre estarán ahí. En la academia los ideales están claros, pretendemos salir de la universidad para cambiar el mundo, sentimos que tenemos el poder y las convicciones muy claras, pero ¿que pasará el día en que un fajo de billetes morados se nos ponga en frente? O ¿si a falta de éstos tenemos que trabajar en un medio que sólo se hace con el fin de vender?
Es claro que, siguiendo la premisa básica del oficio de trabajar por y para la gente, deben existir diversos tipos de periodismo, elitista, político, farandulero y hasta el llamado amarillista. Así como el periódico ficticio Ciudad Crónica, que le da nombre el cortometraje, existen muchos reales que diariamente ofrecen de plato fuerte a la muerte, en todas sus preparaciones y diversidad de ingredientes. El sufrimiento vende, por eso muchas veces ese tipo de morbo se vuelve el negocio y el fin. Haciendo a un lado el gusto por ese tipo de tópicos y el negocio que se hace con éstos, hay que reconocer que también es necesario que eso se cuente, se sepa, se denuncie. En qué forma se hace es algo que tiene a decisión de cada periodista y de las convicciones que le queden.
Seguramente, en unos años, algunos de nosotros estemos al servicio de esos periódicos, convertidos en Rocos y “batiperras”, cazando muertos por toda la ciudad, o siendo Matías y Mauricios con maneras de hacer periodismo diferentes, pero finalmente buscando más cadáveres, tal vez presentando noticias de belleza y estrellas de cine en la sección de farándula; lo más importante es que, si algún día somos eso, lo hagamos con conciencia, intentando servir, con calidad, sin olvidar que decidimos ser periodistas porque sentimos pasión por el oficio.
Silvana Escobar Arias.

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La misma Historia

La vida humana es tan frágil, tan miserable, tan efímera… No hace falta tener ochenta o noventa años para esperar la muerte; tampoco hace falta estar enfermo de gravedad; por más estúpido o risible que parezca, lo único que hace falta para morir, es estar vivo.
Relatar de nuevo esa historia, aparte de ser repetitivo, es doloroso. Ya los medios pasaron, hasta el hastío, por sus micrófonos, cámaras, y páginas, la tragedia de la familia Ortiz y la familia Jaramillo; Esa que fue también la tragedia del pueblo cejeño.
Pero a los medios se les olvidó mostrar algo. Ninguno presentó el dolor que yo estaba sintiendo por lo ocurrido, ni lo que tenía para decir. Todos los medios se olvidaron de mí y aún no me explico por qué. Ah, claro. Ha de ser porque asistí al velorio justo cuando no había cámaras buscando insensatamente el llanto y la tristeza de las personas; o quizá fue porque no soy alcalde ni concejal, y tampoco luzco corbata y gafas oscuras para disfrazar una tristeza que, igualmente, va a saltar de los lentes y se va a confundir con la tristeza ajena, la misma que todos sentíamos; o tal vez porque pasé casi cuatro días encerrado en mi habitación, llorando y tratando de asimilar la muerte de una amiga y de otros conocidos. A los medios se les olvidó mencionar que Paola era mi amiga.
La conocí hace aproximadamente tres años, por coincidencias de la vida, pues ambos solíamos ir a lo que se conoce como “El Oratorio”, en el colegio Salesianos. Nos hicimos buenos amigos, no sólo de sábados –que era los días que asistíamos al oratorio- yo también iba a su casa y me hice amigo de sus cuatro hermanitos (también fallecidos en el accidente) y entablé una buena relación con su papá Diego (igualmente fallecido) y su mamá Olga (única sobreviviente del accidente).
Por esas cosas que uno no logra comprender dejamos de vernos por un largo tiempo. Quizá ya a ninguno de los dos nos quedaba espacio por nuestros estudios y estábamos más dedicados a otras cosas. Nos veíamos ocasionalmente en las calles y nos saludábamos como dos conocidos. La última vez que hablé con ella, recuerdo que me abrazó, pero eso fue hace mucho.
Ni siquiera estaba enterado de sus planes religiosos en el futuro; tampoco sabía que era la personera de su colegio y mucho menos que ya no vivía en aquella casa del barrio El Paraíso, donde alguna vez me invitó a comer las ricas empanadas que hacía su mamá.
Ahora que no está, desempolvé un afiche que me había regalado, de esa muñeca (Pucca) que tanto odio y que dice “Por ti hago lo que sea”, y no he parado de ver la foto de mis grados en la que estoy con ella. No dejo de lamentarme y como siempre sucede, quisiera que estuviera viva para decirle muchas cosas, para robarle ese beso que nunca le robé porque era muy cobarde, a pesar de que sabía que ella quería. Es triste que todos esos instantes se vallan de un momento a otro. Son esas cosas que, como todo, tienen un principio pero que uno quisiera que no tuvieran un final.
A Paola no pude verla en su ataúd, ya que el cuerpo fue encontrado el mismo jueves, 18 de junio (según la emisora local Celeste estéreo. Los medios nacionales habían dado una información errada) día en el que estaba programado el entierro colectivo.
Tal vez ese ha sido uno de los motivos por el que aún no logro superarlo. Dicen que ver a los muertos es bueno para asimilar su partida. Yo me quedé con una última imagen suya, apenas unas horas antes de su muerte y después de más de medio año de no verla. Estaba ahí, parada en la esquina de la ye, como si esperara mi paso para decirme con una sonrisa “hola”, y con su mirada “adiós”.
Ahora que Paola se ha ido nuestra relación no ha cambiado mucho. No nos vemos, no hablamos… Pero lo que más me entristece es saber que, como ella, no somos ni valemos nada para el mundo. La vida humana puede significar mucho, pero a la vez se va en milésimas de segundo. Por ejemplo, en lo que tarda una camioneta en caer a un río.
El colegio Maria Josefa Marulanda, el mismo que fuera el templo de aprendizaje de Paola, Mateo y Sarita, ahora se llenaba con el frío de sus cadáveres y el de sus familiares, y la mirada de decenas de dolientes y curiosos que acudieron masivamente al velorio y al entierro.
Esa tarde La Ceja vivió un ambiente de Apocalipsis. El aire era denso, como si la tristeza pesara, literalmente. A pesar de la muchedumbre reunida en el parque principal y en la Basílica menor, era aterradora la sensación de soledad. Era imposible salir a las calles y no ver a la muerte, con su hábito negro y su Oz en la mano, caminando de un lado para otro, riéndose de ella misma y escuchando el eco que producían sus pasos en medio de la multitud.
Han sido días difíciles. Todos los canales de televisión mostraban la tragedia hasta tres veces al día. A eso se le suma la noticia de la madre que mató a su niño recién nacido, y salió llorando ante el mundo pidiendo que le devolvieran a su hijo. Ahora entiendo por qué en Colombia no hay superhéroes. Es que los superhéroes sólo luchan contra seres extraños, mutantes o extraterrestres: Duende Verde, Guazón, Lex Luthor, el como se llame hombre de arena enemigo de Spider Man… ninguno de ellos humano, al menos no completamente. Es que contra la maldad, el odio y el rencor humano, no hay nada que se pueda hacer. La humanidad está inminentemente condenada.
Aún así, hay gente que no pierde la fe. Olga Teresita Ramírez, después de sepultar a su esposo y a sus cinco hijos, dice estar tranquila. Cree que si dios no la dejó morir es porque aún tiene una misión que cumplir en este mundo y sigue manteniéndose firme, claro está, “gracias a dios”.
Pensar así, sí que es un acto de nobleza y resignación. Yo más bien pienso que lo que le pasa a doña Olga es una venganza ¿Por qué? No lo se. Quizá ella no tenga porqué estar pagando esa pena, pero ese dios vengativo descargó en ella toda la ira que sentía contra esta podrida humanidad. No encuentro otra explicación.
Una vez más, ese dios imaginario, ese que los humanos se han inventado –así como se inventaron al ratón Pérez y al conejo de pascua- se divierte a costa de nuestras lágrimas. El mismo dios al que doña Olga ora todas las noches para que le de valor y no desfallecer; Ese mismo que le arrebató a su familia y dejó morir a esas personas cuando se encaminaban a pagar una promesa por un favor que “él mismo” les había concedido. Cómo es que un dios que es todo amor y bondad permite algo así. Ah, perdón. Cómo culpar a dios, si la culpa fue de un tronco que había en medio de la carretera, y también de ésta por estar mojada. Dios sólo era un espectador silencioso y un testigo irrelevante de esta tragedia.
Sí, injustas y dolorosas ironías del destino. Pero la vida sigue; lastimosamente, lo creo a veces. Esta tragedia nos conmovió a todos. Lloramos unos días, pero en unos cuantos lo recordaremos como una historia más. Es duro, sí, pero cierto. Lo único que me consuela es saber que soy humano y que también he de morir algún día.
Eisen Hawer López Chica

La muerte también ama

“El amor es como un dolor de muelas”, o por lo menos lo era para Luís Tejada. Pero yo no creo que el amor sea como un dolor de muela, no sería suficiente definirlo así. ¿Qué podría ser peor que un dolor de muela? Tal vez un cólico menstrual, o una migraña, o una peladura en las encías justo encima de los dientes delanteros.
El amor es una combinación de las cosas más hermosas, deliciosas y placenteras, con las más horribles, asquerosas y dolorosas. El amor podría ser una barra de 2x2 metros de chocolate blanco, y podría ser un nacido en las posaderas; podría ser un inmenso jardín de rosas, violetas, girasoles y orquídeas, y podría ser un frívolo y tenebroso cementerio, abandonado, incluso, por sus propios muertos; podría ser reír hasta que nos duela el estómago, y podría ser llorar hasta que nos duela el alma… todos esos placeres y dolores son similares pero inferiores a los que causa el amor.
Pero quizá lo que más se parezca al amor sea un parto; el angustioso y muy eterno dolor de un parto. Claro que, obviamente, nunca seré madre ni tendré la desgracia de parir, pero por lo que sé, el dolor de un parto podría ser mayor que un dolor de muelas. Y qué mejor analogía que esa. Cuando una mujer queda embarazada, está feliz (la mayoría de las veces), disfruta de su embarazo cargando en su vientre y cuidando a quien será vida de su vida. Durante nueve meses todo son mimos y cuidados, pero se llega la hora del parto. La felicidad que debería sentir la madre es empañada por el intenso dolor que le produce la criatura que está apunto de salir de su cuerpo. Después de dar a luz, la madre está feliz de nuevo y, probablemente, su dolor ha pasado.
Así es el amor. Cuando alguien se enamora está feliz. Siente que esa otra persona es parte, no sólo de su vida, sino también de su cuerpo; ambos son un solo ser. Cuando se está en la etapa del enamoramiento, todo son mimos y cuidados, besos y caricias, palabras lindas y felicidad. Cuando el amor empieza a acabarse y se vuelve insoportable la situación, llega la hora del “parto”. Sin duda, la parte más difícil de estar enamorado es la de desenamorarse. Sacar del corazón (o de donde sea que se meta) a esa otra persona, es un proceso mucho más largo, torturante y doloroso que un parto. Ojalá desenamorarse fuera tan fácil como parir; soportar dolor por unos minutos, pero pujando varias veces se sale ese otro ser del cuerpo. Tener que olvidar es peor. Cambiaría mil veces el dolor que se siente después de haber amado con locura a alguien, por el de un parto o un dolor de muelas, después de todo, el dolor físico hace menos daño que el que nos produce el amor. Siempre he tenido presente que quien ama está condenado a sufrir, pero hay quienes dicen que no es cierto, que también existen personas que se aman hasta la muerte; precisamente, nuestra cultura nos enseñó que la muerte nos debe doler y, por lo tanto, hacernos sufrir.
El mundo sería mucho mejor si no existiera la necesidad de amar. Si lo que se necesita es procrear, se puede hacer sin tener que amar a la otra persona.
Siempre he pensado qué haría si algún día encontrara una lámpara mágica y al frotarla, un genio me concediera un deseo. Creo que le pediría que me permitiera encontrar a ese tal cupido, mirarlo a los ojos y, antes de dispararle en el corazón, decirle “Ya no volverás a causar sufrimiento al mundo”. Es que cupido es lo más inoportuno y desocupado del mundo. Qué necesidad tiene de andar con su arco, flechando corazones y causando dolores y sufrimientos. Pensándolo bien, en vez de matar a cupido, le clavaría una de sus flechas y así le causaría un dolor mayor que si lo mato de una vez; igual, el amor lo va a matar lentamente.
Todo aquel que esté aburrido con la vida y no tenga el valor suficiente para suicidarse, sólo tiene que hacer algo: enamorarse. El fin será el mismo que si se envenena, dispara, o cuelga por el cuello de una cuerda, pero el dolor que causa el amor es mucho más placentero y torturante y podría llevar a amar la muerte, tal como ella nos ama y espera por nosotros.
Eisen Hawer López
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