lunes, 1 de junio de 2009

Retando La Gravedad


California, Siglo XX, 1950
El oleaje baja en las playas de San Francisco, y todas esas tablas con motivos coloridos y en ocasiones extravagantes, se transportan al pavimento dejando inanimado y solitario el océano. Los jóvenes surfistas se ponen una playera, unos tenis de suela plana, acortan sus tablas y les adaptan ruedas. Ahora sus olas son andenes, muros, tubos; cada espacio en el asfalto reemplaza el mar.

Oriente Antioqueño, Siglo XXI, 2008
En Rionegro el pipe está vacío, entorpeciendo aún más el paisaje desolador que lo acoge; y ese espacio al lado de las puertas del estadio, ya no escucha el rodar de las tablas sobre el asfalto, ni su raspar en el único tubo utilizado para el skateboarding. Sus practicantes se sumaron a la larga lista de desplazados de la región. Algún grupo de seguridad privada se unió al pensamiento común sobre lo que es y hace un skate, y con su poder extintor acabó una comunidad que ahora rueda dispersa.
Hay otros municipios que intentan promover este deporte, pero, no por dar libertad, espacios y recursos, se crea la pasión que siente quien tiene la tabla como su estilo de vida. En el Carmen de Viboral el nuevo pipe estrenó muchos jóvenes que pretendían ser skates, quienes una vez gastaron sus tablas y energías momentáneas, lo dejaron como un adorno más del paisaje artificial.
Pero de la herencia de los surfistas californianos no todo se ha perdido. En el Oriente hay algunos municipios donde se vive y se siente esta cultura. Nos internamos en el pueblo de calles de trazado perfecto donde hallamos el alma de un grupo estereotipado por su práctica deportiva.
La Ceja es el segundo municipio del país con más bicicletas. Es el medio de transporte más común entre sus habitantes, sin embargo, no se practica bicicross o biketrial y no hay un grupo definido de ciclistas. Pero hace algunos años Zeus, Asdrúbal, El Juanda, El Zurdo, y otros, se tomaron los andenes del pueblo y cualquier lugar que tuviera escaleras como el teatro, la biblioteca o el banco ganadero, que fueron testigos de la aparición de algo que no es un medio de transporte – aunque puede utilizarse para ello – sino, más bien, una manifestación deportiva y artística: El Skateboarding.
Ese martes, muchas monedas alimentaron un teléfono público, instrumento y cómplice de la búsqueda de un guía en ese mundo de caídas, esfuerzos y trucos. No queríamos a cualquiera, esperábamos hallar a alguien que no sólo conociera, sino que viviera y sintiera que sus venas las recorrieran sangre skate.
Las indagaciones nos llevaron, inicialmente, a entablar comunicación con Martha, quien por mucho tiempo había sido la promotora visible de esta práctica deportiva en el municipio de La Ceja. Sus palabras las cubrieron una sombra de duda. Ya no trabaja con los jóvenes skate, pero nada de lo que decía explicaba concretamente por qué, ni siquiera estaba visitando continuamente el paisaje de su pueblo.
Nos quedó la sensación desagradable del desmoronamiento progresivo de la comunidad que esperábamos palpar. Aferrados a los pocos datos certeros que nos habían quedado de la conversación con Martha, apuntamos la brújula hacia el INCERDE (Instituto Cejeño de Recreación y Deporte), respaldo de los amantes de las rampas, tubos y pavimento. Con el cambio en la fuente de información, también se transformaban nuestras expectativas. Ahora teníamos datos concretos y una cita, horas más tarde, con alguien llamado Jorge Meneses.
El cielo gris y una diminuta llovizna, acompañaron nuestro trayecto hasta el lugar de la reunión. Tras unos segundos de vacilación, anunciamos nuestra presencia. Aún no llegaba nuestro anfitrión; esperábamos, un poco nerviosos, ver a un señor serio, vestido elegantemente, que nos diría lo que preguntáramos sobre una actividad que quizá conocía desde afuera.
Mientras casi besábamos el muro, en un intento desesperado por huirle a la incesante lluvia, vimos llegar a un joven, de tez morena, mediana estatura, y con una gorra que parecía anclada a su cráneo, sin embargo, lo que para nosotros era más llamativo se sostenía de su bolso, una tabla, con un logo fucsia incandescente.
Lo primero que pensamos fue que podría hacer parte de nuestra investigación, y así sería. Aquel señor serio, vestido elegantemente que estábamos esperando, era el dueño de aquella tabla que robó nuestra atención.
Jorge Meneses, un santandereano de veintisiete (27) años, que tras habitar desde hace ocho (8) en el municipio de La Ceja, ha adoptado algunas “mañas” paisas, ya que al momento de comunicarle el motivo de nuestra visita, su expresión fue: “¿Y qué ganamos nosotros?”, refiriéndose a la comunidad skate, así que nuestra reacción inmediata fue explicarle que no teníamos opción de retribución económica, pero, a cambio, el trabajo se expondría ante un público numeroso, con posibilidades de reconocimiento y de cambiar el imaginario que se tiene en el Oriente antioqueño sobre ellos, además, por qué no, nuevos patrocinios.
Sentados en un frío salón, que amablemente Giovanni Osorio, administrador del INCERDE, dispuso para nosotros, Jorge comenzó por contarnos que hace un par de años, La Ceja tenía un grupo skate conformado. Libre Expresión, integrado por unos treinta (30) jóvenes, organizaba zafarranchos, –fiestas rocanroleras- competencias y conciertos, todo con el fin de recoger fondos para asistir a campeonatos, comprar complejos –tubos, rampas, cajones…- o, simplemente, ir a montar en el skatepark de Medellín. Pero algo más de un año de continuas peleas e inconformidades, acabaron con el grupo del que sólo queda una camiseta que aún algunos lucen.
Durante este tiempo Jorge había estado solo, divagando con su tabla por las calles, acompañado sólo de la música de ACDC, Black Sabbath y Led Zeppelin. Tras la ruptura de Libre Expresión, “Dianita”, una amiga y admiradora, preocupada por su desmoronamiento, anima a Jorge a reunir a los muchachos y tomar el liderazgo. Un poco indeciso, pero con la motivación de que todos volvieran a rodar en una misma dirección, les explicó sus intenciones, los hizo partícipes de sus sueños y planes, en los cuales ellos eran los personajes principales. Una energía renovada se apoderó del grupo que ahora volvió a serlo, pero su disposición no era suficiente, había que buscar patrocinios, además, consentimiento y apoyo del INCERDE. Era empezar de nuevo.
La motivación de Jorge era tal, que no sólo consiguió el permiso para la utilización de un espacio en la Unidad Deportiva para las prácticas sino que, además, logró que La Casa de La Cultura, La Fundación Café, La Secretaria de Educación y La Oficina de Juventud, se sumaran a los benefactores e impulsaran la labor que se había propuesto.
Desde agosto han materializado muchas de sus metas, pues, a pesar del poco tiempo que llevan como Proyect Skate ya consiguieron una rampa, un cajón, tres tubos, una jota, y están gestionando otros complejos.
No sólo los bienes materiales son el objetivo de Jorge, también promueve la educación, los valores, la convivencia en familia y en general buenos hábitos de vida para el grupo.
Otra actividad que está adelantando este líder es la promoción del skate dentro de la población infantil, con un semillero que dirige los domingos en la Unidad Deportiva y, aunque no ha sido fácil convencer a muchos padres, ya cuenta con un grupo de niños entusiastas y comprometidos.
En estos dos meses y medio, cimentados en sus ganas, los avances son palpables. Cumpliendo unas sencillas reglas impuestas por el INCERDE, han consolidado su trabajo y logrado que éste formule proyectos para el futuro, como un posible skatepark.
La luz del día se había transformado en noche, era hora de despedirnos de Jorge, al menos por esa vez, pues teníamos que conocer al grupo en pleno; si todos eran como él, la sociedad, una vez más, se había equivocado con sus juicios sin fundamentos sólidos.
La promesa de regresar se cumplió pocos días después. Desde la distancia podíamos oír el sonido seco que hace la tabla en su contacto con el cemento, y ver un grupo de jóvenes elevándose varios metros hacia el cielo. Con un poco de recelo nos acercamos. Ellos nos estaban esperando y no se intimidaron con los insistentes destellos del flash de nuestras cámaras, que, en este punto, ya estaban enamoradas de los trucos que hacían; ni con todas nuestras preguntas, a veces torpes, las que siempre respondieron paciente y amablemente.
No, allí no estaban fumando marihuana, ni tenían otras drogas, no estaban oyendo música satánica, como muchos le dicen al rock pesado, no estaban planeando ningún crimen; sólo eran unos amigos unidos por su amor al skate, gastando sus energías en un deporte extremo y vistoso, calmando su sed con esa popular mezcla llamada “chamber”, que pasó por nuestro paladar como símbolo de aceptación, haciendo lo que más les gusta, siendo felices.
Gracias a Samuel, “Teléfono”, “Johncito”, (o cosito, por culpa nuestra) “Tortuga”, Hernán, Danilo, “Momó”, Alex, “El negro”, por supuesto a Jorge, y a todos los que nos permitieron disfrutar de sus ollie, flip, varial, y todos los trucos, que aún permanecen en nuestra retina.

Cheli Melisa Llano Marín, Eisen Hawer López Chica, Silvana Escobar Arias.
El Carmen de Viboral, Antioquia.
Viernes, 31 de octubre de 2008

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La misma Historia

La vida humana es tan frágil, tan miserable, tan efímera… No hace falta tener ochenta o noventa años para esperar la muerte; tampoco hace falta estar enfermo de gravedad; por más estúpido o risible que parezca, lo único que hace falta para morir, es estar vivo.
Relatar de nuevo esa historia, aparte de ser repetitivo, es doloroso. Ya los medios pasaron, hasta el hastío, por sus micrófonos, cámaras, y páginas, la tragedia de la familia Ortiz y la familia Jaramillo; Esa que fue también la tragedia del pueblo cejeño.
Pero a los medios se les olvidó mostrar algo. Ninguno presentó el dolor que yo estaba sintiendo por lo ocurrido, ni lo que tenía para decir. Todos los medios se olvidaron de mí y aún no me explico por qué. Ah, claro. Ha de ser porque asistí al velorio justo cuando no había cámaras buscando insensatamente el llanto y la tristeza de las personas; o quizá fue porque no soy alcalde ni concejal, y tampoco luzco corbata y gafas oscuras para disfrazar una tristeza que, igualmente, va a saltar de los lentes y se va a confundir con la tristeza ajena, la misma que todos sentíamos; o tal vez porque pasé casi cuatro días encerrado en mi habitación, llorando y tratando de asimilar la muerte de una amiga y de otros conocidos. A los medios se les olvidó mencionar que Paola era mi amiga.
La conocí hace aproximadamente tres años, por coincidencias de la vida, pues ambos solíamos ir a lo que se conoce como “El Oratorio”, en el colegio Salesianos. Nos hicimos buenos amigos, no sólo de sábados –que era los días que asistíamos al oratorio- yo también iba a su casa y me hice amigo de sus cuatro hermanitos (también fallecidos en el accidente) y entablé una buena relación con su papá Diego (igualmente fallecido) y su mamá Olga (única sobreviviente del accidente).
Por esas cosas que uno no logra comprender dejamos de vernos por un largo tiempo. Quizá ya a ninguno de los dos nos quedaba espacio por nuestros estudios y estábamos más dedicados a otras cosas. Nos veíamos ocasionalmente en las calles y nos saludábamos como dos conocidos. La última vez que hablé con ella, recuerdo que me abrazó, pero eso fue hace mucho.
Ni siquiera estaba enterado de sus planes religiosos en el futuro; tampoco sabía que era la personera de su colegio y mucho menos que ya no vivía en aquella casa del barrio El Paraíso, donde alguna vez me invitó a comer las ricas empanadas que hacía su mamá.
Ahora que no está, desempolvé un afiche que me había regalado, de esa muñeca (Pucca) que tanto odio y que dice “Por ti hago lo que sea”, y no he parado de ver la foto de mis grados en la que estoy con ella. No dejo de lamentarme y como siempre sucede, quisiera que estuviera viva para decirle muchas cosas, para robarle ese beso que nunca le robé porque era muy cobarde, a pesar de que sabía que ella quería. Es triste que todos esos instantes se vallan de un momento a otro. Son esas cosas que, como todo, tienen un principio pero que uno quisiera que no tuvieran un final.
A Paola no pude verla en su ataúd, ya que el cuerpo fue encontrado el mismo jueves, 18 de junio (según la emisora local Celeste estéreo. Los medios nacionales habían dado una información errada) día en el que estaba programado el entierro colectivo.
Tal vez ese ha sido uno de los motivos por el que aún no logro superarlo. Dicen que ver a los muertos es bueno para asimilar su partida. Yo me quedé con una última imagen suya, apenas unas horas antes de su muerte y después de más de medio año de no verla. Estaba ahí, parada en la esquina de la ye, como si esperara mi paso para decirme con una sonrisa “hola”, y con su mirada “adiós”.
Ahora que Paola se ha ido nuestra relación no ha cambiado mucho. No nos vemos, no hablamos… Pero lo que más me entristece es saber que, como ella, no somos ni valemos nada para el mundo. La vida humana puede significar mucho, pero a la vez se va en milésimas de segundo. Por ejemplo, en lo que tarda una camioneta en caer a un río.
El colegio Maria Josefa Marulanda, el mismo que fuera el templo de aprendizaje de Paola, Mateo y Sarita, ahora se llenaba con el frío de sus cadáveres y el de sus familiares, y la mirada de decenas de dolientes y curiosos que acudieron masivamente al velorio y al entierro.
Esa tarde La Ceja vivió un ambiente de Apocalipsis. El aire era denso, como si la tristeza pesara, literalmente. A pesar de la muchedumbre reunida en el parque principal y en la Basílica menor, era aterradora la sensación de soledad. Era imposible salir a las calles y no ver a la muerte, con su hábito negro y su Oz en la mano, caminando de un lado para otro, riéndose de ella misma y escuchando el eco que producían sus pasos en medio de la multitud.
Han sido días difíciles. Todos los canales de televisión mostraban la tragedia hasta tres veces al día. A eso se le suma la noticia de la madre que mató a su niño recién nacido, y salió llorando ante el mundo pidiendo que le devolvieran a su hijo. Ahora entiendo por qué en Colombia no hay superhéroes. Es que los superhéroes sólo luchan contra seres extraños, mutantes o extraterrestres: Duende Verde, Guazón, Lex Luthor, el como se llame hombre de arena enemigo de Spider Man… ninguno de ellos humano, al menos no completamente. Es que contra la maldad, el odio y el rencor humano, no hay nada que se pueda hacer. La humanidad está inminentemente condenada.
Aún así, hay gente que no pierde la fe. Olga Teresita Ramírez, después de sepultar a su esposo y a sus cinco hijos, dice estar tranquila. Cree que si dios no la dejó morir es porque aún tiene una misión que cumplir en este mundo y sigue manteniéndose firme, claro está, “gracias a dios”.
Pensar así, sí que es un acto de nobleza y resignación. Yo más bien pienso que lo que le pasa a doña Olga es una venganza ¿Por qué? No lo se. Quizá ella no tenga porqué estar pagando esa pena, pero ese dios vengativo descargó en ella toda la ira que sentía contra esta podrida humanidad. No encuentro otra explicación.
Una vez más, ese dios imaginario, ese que los humanos se han inventado –así como se inventaron al ratón Pérez y al conejo de pascua- se divierte a costa de nuestras lágrimas. El mismo dios al que doña Olga ora todas las noches para que le de valor y no desfallecer; Ese mismo que le arrebató a su familia y dejó morir a esas personas cuando se encaminaban a pagar una promesa por un favor que “él mismo” les había concedido. Cómo es que un dios que es todo amor y bondad permite algo así. Ah, perdón. Cómo culpar a dios, si la culpa fue de un tronco que había en medio de la carretera, y también de ésta por estar mojada. Dios sólo era un espectador silencioso y un testigo irrelevante de esta tragedia.
Sí, injustas y dolorosas ironías del destino. Pero la vida sigue; lastimosamente, lo creo a veces. Esta tragedia nos conmovió a todos. Lloramos unos días, pero en unos cuantos lo recordaremos como una historia más. Es duro, sí, pero cierto. Lo único que me consuela es saber que soy humano y que también he de morir algún día.
Eisen Hawer López Chica

La muerte también ama

“El amor es como un dolor de muelas”, o por lo menos lo era para Luís Tejada. Pero yo no creo que el amor sea como un dolor de muela, no sería suficiente definirlo así. ¿Qué podría ser peor que un dolor de muela? Tal vez un cólico menstrual, o una migraña, o una peladura en las encías justo encima de los dientes delanteros.
El amor es una combinación de las cosas más hermosas, deliciosas y placenteras, con las más horribles, asquerosas y dolorosas. El amor podría ser una barra de 2x2 metros de chocolate blanco, y podría ser un nacido en las posaderas; podría ser un inmenso jardín de rosas, violetas, girasoles y orquídeas, y podría ser un frívolo y tenebroso cementerio, abandonado, incluso, por sus propios muertos; podría ser reír hasta que nos duela el estómago, y podría ser llorar hasta que nos duela el alma… todos esos placeres y dolores son similares pero inferiores a los que causa el amor.
Pero quizá lo que más se parezca al amor sea un parto; el angustioso y muy eterno dolor de un parto. Claro que, obviamente, nunca seré madre ni tendré la desgracia de parir, pero por lo que sé, el dolor de un parto podría ser mayor que un dolor de muelas. Y qué mejor analogía que esa. Cuando una mujer queda embarazada, está feliz (la mayoría de las veces), disfruta de su embarazo cargando en su vientre y cuidando a quien será vida de su vida. Durante nueve meses todo son mimos y cuidados, pero se llega la hora del parto. La felicidad que debería sentir la madre es empañada por el intenso dolor que le produce la criatura que está apunto de salir de su cuerpo. Después de dar a luz, la madre está feliz de nuevo y, probablemente, su dolor ha pasado.
Así es el amor. Cuando alguien se enamora está feliz. Siente que esa otra persona es parte, no sólo de su vida, sino también de su cuerpo; ambos son un solo ser. Cuando se está en la etapa del enamoramiento, todo son mimos y cuidados, besos y caricias, palabras lindas y felicidad. Cuando el amor empieza a acabarse y se vuelve insoportable la situación, llega la hora del “parto”. Sin duda, la parte más difícil de estar enamorado es la de desenamorarse. Sacar del corazón (o de donde sea que se meta) a esa otra persona, es un proceso mucho más largo, torturante y doloroso que un parto. Ojalá desenamorarse fuera tan fácil como parir; soportar dolor por unos minutos, pero pujando varias veces se sale ese otro ser del cuerpo. Tener que olvidar es peor. Cambiaría mil veces el dolor que se siente después de haber amado con locura a alguien, por el de un parto o un dolor de muelas, después de todo, el dolor físico hace menos daño que el que nos produce el amor. Siempre he tenido presente que quien ama está condenado a sufrir, pero hay quienes dicen que no es cierto, que también existen personas que se aman hasta la muerte; precisamente, nuestra cultura nos enseñó que la muerte nos debe doler y, por lo tanto, hacernos sufrir.
El mundo sería mucho mejor si no existiera la necesidad de amar. Si lo que se necesita es procrear, se puede hacer sin tener que amar a la otra persona.
Siempre he pensado qué haría si algún día encontrara una lámpara mágica y al frotarla, un genio me concediera un deseo. Creo que le pediría que me permitiera encontrar a ese tal cupido, mirarlo a los ojos y, antes de dispararle en el corazón, decirle “Ya no volverás a causar sufrimiento al mundo”. Es que cupido es lo más inoportuno y desocupado del mundo. Qué necesidad tiene de andar con su arco, flechando corazones y causando dolores y sufrimientos. Pensándolo bien, en vez de matar a cupido, le clavaría una de sus flechas y así le causaría un dolor mayor que si lo mato de una vez; igual, el amor lo va a matar lentamente.
Todo aquel que esté aburrido con la vida y no tenga el valor suficiente para suicidarse, sólo tiene que hacer algo: enamorarse. El fin será el mismo que si se envenena, dispara, o cuelga por el cuello de una cuerda, pero el dolor que causa el amor es mucho más placentero y torturante y podría llevar a amar la muerte, tal como ella nos ama y espera por nosotros.
Eisen Hawer López
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