lunes, 1 de junio de 2009

La pared y la muralla...


“Ver y no tocar se llama respetar”, golpea la puerta tres veces y con suavidad, agradece a quien te sirve, respeta a tus mayores, saluda, no arrojes basuras a las calles. Éstas son sólo algunas de las frases típicas que solían decirme mis padres y maestros cuando era una niña. Fueron muy efectivas porque aún permanecen ancladas a mis recuerdos, casi todas las cumplo, sino lo hago siento que desilusiono con mi comportamiento a quienes quisieron que éste fuera bueno. De todas esas típicas palabras paternas, un refrán popular es el que más me llama la atención, tal vez fue en el que más enfatizaron cuando los lapiceros y marcadores se convirtieron en mis delicias: “la pared y la muralla son el papel del canalla”.
Quizá conmigo funciono el adagio, pero la fachada de muchas estructuras en las ciudades y, por supuesto, municipios del Oriente antioqueño, demuestran lo contrario.
Los mensajes van desde lo simple, en dos contextos diferentes: los espacios y el contenido, hasta complejas expresiones de pensamientos políticos que hace la ciudadanía y registros tristes de la violencia que le ha tocado padecer a esta subregión.
Parece imposible escapar a la tentación de estampar las paredes, sillas de busetas, escritorios universitarios, baños y casilleros, mínimamente con el nombre que nos adorna; pero esa tendencia del hombre a marcar, sobre todo los muros y paredes que le rodean, no es nueva, prueba de ello son las cuevas de Altamira en España y de Lascoux en Francia que cuentan como treinta mil años antes de Cristo ya los primitivos, en sus necesidades básicas de comunicación, usaban la pared natural para registrar su trasegar. Podría decirse que la ausencia de papel justificaba los grabados en las cuevas, pero aún con la aparición de éste, el instinto de expresarse modificando la arquitectura ha permanecido.
Los espacios donde habitamos individual y colectivamente se convierten en parte fundamental de nuestra identidad y la de la comunidad completa, por eso son referentes puntuales de convergencia y reconocimiento social.
Diversas campañas públicas y, los ya mencionados, consejos, intentan concientizar la ciudadanía en pro de la conservación de los lugares y bienes comunes. Se habla de sentido de pertenencia y apropiación que en este caso se traduce en paredes bien pintadas, sillas limpias y puertas engalanadas sólo con el color del material del que están hechas. Se idealiza la ciudad o pueblo como un templo arquitectónico del que sólo son ofrendas las mismas estructuras.
Pero tal vez ese sentido de pertenencia, esa apropiación, sea justamente, aunque muchos censuren el método, los diversos mensajes, nombres, consignas y símbolos que invaden los sitios que más frecuentamos, queremos, a los que pertenecemos.
Todos tenemos un nombre que, en un principio, se nos asigna para diferenciarnos, pero que, sobre todo, nos identifica. Justamente este es una de las apariciones más recurrentes en los lugares que entendemos como nuestros, vale pensar que esto se hace como una manera de marcar territorio, de decir: mi nombre, mi espacio. Es nuestra forma de vivir el entorno, nuestra ciudad imaginada como dice Armando Silva en Identidades urbanas en América Latina e identidades globales. “La ciudad imaginada es aquella que afecta el uso de la ciudad real, es decir, con el urbanismo que tenemos en nuestras mentes usamos la ciudad, la evocamos y construimos identidades”.
Desde la organización, los objetos, lugares, e incluso establecimientos de las ciudades y pueblos están pensados para fines específicos, generalmente muy prácticos, pero la realidad es que los habitantes les dan usos variados y distintos. Las calles, pensadas superficialmente, son para garantizar la movilidad de las personas, pero es bien sabido que éstas tienen una gran importancia para los grupos que habitan la región, su comunicación interpersonal y consumos culturales; los atrios, sitios concebidos como espacios donde están habitualmente las iglesias y monumentos de próceres y héroes locales, se vuelven puntos de encuentro, de observación, de convivencia.
En el municipio de Rionegro, en un espacio de gran afluencia y relevancia, como lo es el parque principal, la mayoría de los mensajes escritos en las paredes contiguas a la iglesia o sobre el busto que imprime un toque de seriedad al lugar, son hechos por sus tribus urbanas. Generalmente aprovechan la ironía del sitio para expresar sus inconformidades políticas, religiosas y sociales.
Pero no sólo palabras de insatisfacción se leen en las fachadas de Rionegro, los grupos también utilizan este medio para mostrar sus inclinaciones, gustos y fanatismos, así en innumerables paredes se pueden observar siglas como LDS (Los del sur) y RXN (Resistencia norte), principales barras de los dos equipos de fútbol más importantes del departamento, Atlético Nacional e Independiente Medellín. La rivalidad entre sus hinchadas es tradicional en la zona, por ello utilizan medios para comunicarle al otro sus sentimientos y presencia. Mi territorio, mi equipo.
Hace poco más de una década, una telenovela llamada Yo amo a Paquita Gallego, mostró y a la vez dio idea de cómo las paredes también son cómplices de los enamorados. Su protagonista armado de aerosol y pasión infestaba cada espacio con su declaración anónima.
En el Oriente el amor se roba también buena parte de los espacios marcados, principalmente y cambiando el escenario, son las sillas del transporte público, los casilleros y puertas de baños los que intentan transmitir un piropo, admiración o desilusión de orden romántica. Siempre se guarda la esperanza de que el generador del cariño pueda observar la proeza que inspiró, así se hubiese escrito donde la otra persona no lo pueda ver…El amor hace que los sentidos se enloquezcan un poco, sino pregúntenle a la amante de Edison que estampó sus sentimientos en el baño de mujeres en la U. de A…



Silvana Escobar Arias

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La misma Historia

La vida humana es tan frágil, tan miserable, tan efímera… No hace falta tener ochenta o noventa años para esperar la muerte; tampoco hace falta estar enfermo de gravedad; por más estúpido o risible que parezca, lo único que hace falta para morir, es estar vivo.
Relatar de nuevo esa historia, aparte de ser repetitivo, es doloroso. Ya los medios pasaron, hasta el hastío, por sus micrófonos, cámaras, y páginas, la tragedia de la familia Ortiz y la familia Jaramillo; Esa que fue también la tragedia del pueblo cejeño.
Pero a los medios se les olvidó mostrar algo. Ninguno presentó el dolor que yo estaba sintiendo por lo ocurrido, ni lo que tenía para decir. Todos los medios se olvidaron de mí y aún no me explico por qué. Ah, claro. Ha de ser porque asistí al velorio justo cuando no había cámaras buscando insensatamente el llanto y la tristeza de las personas; o quizá fue porque no soy alcalde ni concejal, y tampoco luzco corbata y gafas oscuras para disfrazar una tristeza que, igualmente, va a saltar de los lentes y se va a confundir con la tristeza ajena, la misma que todos sentíamos; o tal vez porque pasé casi cuatro días encerrado en mi habitación, llorando y tratando de asimilar la muerte de una amiga y de otros conocidos. A los medios se les olvidó mencionar que Paola era mi amiga.
La conocí hace aproximadamente tres años, por coincidencias de la vida, pues ambos solíamos ir a lo que se conoce como “El Oratorio”, en el colegio Salesianos. Nos hicimos buenos amigos, no sólo de sábados –que era los días que asistíamos al oratorio- yo también iba a su casa y me hice amigo de sus cuatro hermanitos (también fallecidos en el accidente) y entablé una buena relación con su papá Diego (igualmente fallecido) y su mamá Olga (única sobreviviente del accidente).
Por esas cosas que uno no logra comprender dejamos de vernos por un largo tiempo. Quizá ya a ninguno de los dos nos quedaba espacio por nuestros estudios y estábamos más dedicados a otras cosas. Nos veíamos ocasionalmente en las calles y nos saludábamos como dos conocidos. La última vez que hablé con ella, recuerdo que me abrazó, pero eso fue hace mucho.
Ni siquiera estaba enterado de sus planes religiosos en el futuro; tampoco sabía que era la personera de su colegio y mucho menos que ya no vivía en aquella casa del barrio El Paraíso, donde alguna vez me invitó a comer las ricas empanadas que hacía su mamá.
Ahora que no está, desempolvé un afiche que me había regalado, de esa muñeca (Pucca) que tanto odio y que dice “Por ti hago lo que sea”, y no he parado de ver la foto de mis grados en la que estoy con ella. No dejo de lamentarme y como siempre sucede, quisiera que estuviera viva para decirle muchas cosas, para robarle ese beso que nunca le robé porque era muy cobarde, a pesar de que sabía que ella quería. Es triste que todos esos instantes se vallan de un momento a otro. Son esas cosas que, como todo, tienen un principio pero que uno quisiera que no tuvieran un final.
A Paola no pude verla en su ataúd, ya que el cuerpo fue encontrado el mismo jueves, 18 de junio (según la emisora local Celeste estéreo. Los medios nacionales habían dado una información errada) día en el que estaba programado el entierro colectivo.
Tal vez ese ha sido uno de los motivos por el que aún no logro superarlo. Dicen que ver a los muertos es bueno para asimilar su partida. Yo me quedé con una última imagen suya, apenas unas horas antes de su muerte y después de más de medio año de no verla. Estaba ahí, parada en la esquina de la ye, como si esperara mi paso para decirme con una sonrisa “hola”, y con su mirada “adiós”.
Ahora que Paola se ha ido nuestra relación no ha cambiado mucho. No nos vemos, no hablamos… Pero lo que más me entristece es saber que, como ella, no somos ni valemos nada para el mundo. La vida humana puede significar mucho, pero a la vez se va en milésimas de segundo. Por ejemplo, en lo que tarda una camioneta en caer a un río.
El colegio Maria Josefa Marulanda, el mismo que fuera el templo de aprendizaje de Paola, Mateo y Sarita, ahora se llenaba con el frío de sus cadáveres y el de sus familiares, y la mirada de decenas de dolientes y curiosos que acudieron masivamente al velorio y al entierro.
Esa tarde La Ceja vivió un ambiente de Apocalipsis. El aire era denso, como si la tristeza pesara, literalmente. A pesar de la muchedumbre reunida en el parque principal y en la Basílica menor, era aterradora la sensación de soledad. Era imposible salir a las calles y no ver a la muerte, con su hábito negro y su Oz en la mano, caminando de un lado para otro, riéndose de ella misma y escuchando el eco que producían sus pasos en medio de la multitud.
Han sido días difíciles. Todos los canales de televisión mostraban la tragedia hasta tres veces al día. A eso se le suma la noticia de la madre que mató a su niño recién nacido, y salió llorando ante el mundo pidiendo que le devolvieran a su hijo. Ahora entiendo por qué en Colombia no hay superhéroes. Es que los superhéroes sólo luchan contra seres extraños, mutantes o extraterrestres: Duende Verde, Guazón, Lex Luthor, el como se llame hombre de arena enemigo de Spider Man… ninguno de ellos humano, al menos no completamente. Es que contra la maldad, el odio y el rencor humano, no hay nada que se pueda hacer. La humanidad está inminentemente condenada.
Aún así, hay gente que no pierde la fe. Olga Teresita Ramírez, después de sepultar a su esposo y a sus cinco hijos, dice estar tranquila. Cree que si dios no la dejó morir es porque aún tiene una misión que cumplir en este mundo y sigue manteniéndose firme, claro está, “gracias a dios”.
Pensar así, sí que es un acto de nobleza y resignación. Yo más bien pienso que lo que le pasa a doña Olga es una venganza ¿Por qué? No lo se. Quizá ella no tenga porqué estar pagando esa pena, pero ese dios vengativo descargó en ella toda la ira que sentía contra esta podrida humanidad. No encuentro otra explicación.
Una vez más, ese dios imaginario, ese que los humanos se han inventado –así como se inventaron al ratón Pérez y al conejo de pascua- se divierte a costa de nuestras lágrimas. El mismo dios al que doña Olga ora todas las noches para que le de valor y no desfallecer; Ese mismo que le arrebató a su familia y dejó morir a esas personas cuando se encaminaban a pagar una promesa por un favor que “él mismo” les había concedido. Cómo es que un dios que es todo amor y bondad permite algo así. Ah, perdón. Cómo culpar a dios, si la culpa fue de un tronco que había en medio de la carretera, y también de ésta por estar mojada. Dios sólo era un espectador silencioso y un testigo irrelevante de esta tragedia.
Sí, injustas y dolorosas ironías del destino. Pero la vida sigue; lastimosamente, lo creo a veces. Esta tragedia nos conmovió a todos. Lloramos unos días, pero en unos cuantos lo recordaremos como una historia más. Es duro, sí, pero cierto. Lo único que me consuela es saber que soy humano y que también he de morir algún día.
Eisen Hawer López Chica

La muerte también ama

“El amor es como un dolor de muelas”, o por lo menos lo era para Luís Tejada. Pero yo no creo que el amor sea como un dolor de muela, no sería suficiente definirlo así. ¿Qué podría ser peor que un dolor de muela? Tal vez un cólico menstrual, o una migraña, o una peladura en las encías justo encima de los dientes delanteros.
El amor es una combinación de las cosas más hermosas, deliciosas y placenteras, con las más horribles, asquerosas y dolorosas. El amor podría ser una barra de 2x2 metros de chocolate blanco, y podría ser un nacido en las posaderas; podría ser un inmenso jardín de rosas, violetas, girasoles y orquídeas, y podría ser un frívolo y tenebroso cementerio, abandonado, incluso, por sus propios muertos; podría ser reír hasta que nos duela el estómago, y podría ser llorar hasta que nos duela el alma… todos esos placeres y dolores son similares pero inferiores a los que causa el amor.
Pero quizá lo que más se parezca al amor sea un parto; el angustioso y muy eterno dolor de un parto. Claro que, obviamente, nunca seré madre ni tendré la desgracia de parir, pero por lo que sé, el dolor de un parto podría ser mayor que un dolor de muelas. Y qué mejor analogía que esa. Cuando una mujer queda embarazada, está feliz (la mayoría de las veces), disfruta de su embarazo cargando en su vientre y cuidando a quien será vida de su vida. Durante nueve meses todo son mimos y cuidados, pero se llega la hora del parto. La felicidad que debería sentir la madre es empañada por el intenso dolor que le produce la criatura que está apunto de salir de su cuerpo. Después de dar a luz, la madre está feliz de nuevo y, probablemente, su dolor ha pasado.
Así es el amor. Cuando alguien se enamora está feliz. Siente que esa otra persona es parte, no sólo de su vida, sino también de su cuerpo; ambos son un solo ser. Cuando se está en la etapa del enamoramiento, todo son mimos y cuidados, besos y caricias, palabras lindas y felicidad. Cuando el amor empieza a acabarse y se vuelve insoportable la situación, llega la hora del “parto”. Sin duda, la parte más difícil de estar enamorado es la de desenamorarse. Sacar del corazón (o de donde sea que se meta) a esa otra persona, es un proceso mucho más largo, torturante y doloroso que un parto. Ojalá desenamorarse fuera tan fácil como parir; soportar dolor por unos minutos, pero pujando varias veces se sale ese otro ser del cuerpo. Tener que olvidar es peor. Cambiaría mil veces el dolor que se siente después de haber amado con locura a alguien, por el de un parto o un dolor de muelas, después de todo, el dolor físico hace menos daño que el que nos produce el amor. Siempre he tenido presente que quien ama está condenado a sufrir, pero hay quienes dicen que no es cierto, que también existen personas que se aman hasta la muerte; precisamente, nuestra cultura nos enseñó que la muerte nos debe doler y, por lo tanto, hacernos sufrir.
El mundo sería mucho mejor si no existiera la necesidad de amar. Si lo que se necesita es procrear, se puede hacer sin tener que amar a la otra persona.
Siempre he pensado qué haría si algún día encontrara una lámpara mágica y al frotarla, un genio me concediera un deseo. Creo que le pediría que me permitiera encontrar a ese tal cupido, mirarlo a los ojos y, antes de dispararle en el corazón, decirle “Ya no volverás a causar sufrimiento al mundo”. Es que cupido es lo más inoportuno y desocupado del mundo. Qué necesidad tiene de andar con su arco, flechando corazones y causando dolores y sufrimientos. Pensándolo bien, en vez de matar a cupido, le clavaría una de sus flechas y así le causaría un dolor mayor que si lo mato de una vez; igual, el amor lo va a matar lentamente.
Todo aquel que esté aburrido con la vida y no tenga el valor suficiente para suicidarse, sólo tiene que hacer algo: enamorarse. El fin será el mismo que si se envenena, dispara, o cuelga por el cuello de una cuerda, pero el dolor que causa el amor es mucho más placentero y torturante y podría llevar a amar la muerte, tal como ella nos ama y espera por nosotros.
Eisen Hawer López
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