
“Ver y no tocar se llama respetar”, golpea la puerta tres veces y con suavidad, agradece a quien te sirve, respeta a tus mayores, saluda, no arrojes basuras a las calles. Éstas son sólo algunas de las frases típicas que solían decirme mis padres y maestros cuando era una niña. Fueron muy efectivas porque aún permanecen ancladas a mis recuerdos, casi todas las cumplo, sino lo hago siento que desilusiono con mi comportamiento a quienes quisieron que éste fuera bueno. De todas esas típicas palabras paternas, un refrán popular es el que más me llama la atención, tal vez fue en el que más enfatizaron cuando los lapiceros y marcadores se convirtieron en mis delicias: “la pared y la muralla son el papel del canalla”.
Quizá conmigo funciono el adagio, pero la fachada de muchas estructuras en las ciudades y, por supuesto, municipios del Oriente antioqueño, demuestran lo contrario.
Los mensajes van desde lo simple, en dos contextos diferentes: los espacios y el contenido, hasta complejas expresiones de pensamientos políticos que hace la ciudadanía y registros tristes de la violencia que le ha tocado padecer a esta subregión.
Parece imposible escapar a la tentación de estampar las paredes, sillas de busetas, escritorios universitarios, baños y casilleros, mínimamente con el nombre que nos adorna; pero esa tendencia del hombre a marcar, sobre todo los muros y paredes que le rodean, no es nueva, prueba de ello son las cuevas de Altamira en España y de Lascoux en Francia que cuentan como treinta mil años antes de Cristo ya los primitivos, en sus necesidades básicas de comunicación, usaban la pared natural para registrar su trasegar. Podría decirse que la ausencia de papel justificaba los grabados en las cuevas, pero aún con la aparición de éste, el instinto de expresarse modificando la arquitectura ha permanecido.
Los espacios donde habitamos individual y colectivamente se convierten en parte fundamental de nuestra identidad y la de la comunidad completa, por eso son referentes puntuales de convergencia y reconocimiento social.
Diversas campañas públicas y, los ya mencionados, consejos, intentan concientizar la ciudadanía en pro de la conservación de los lugares y bienes comunes. Se habla de sentido de pertenencia y apropiación que en este caso se traduce en paredes bien pintadas, sillas limpias y puertas engalanadas sólo con el color del material del que están hechas. Se idealiza la ciudad o pueblo como un templo arquitectónico del que sólo son ofrendas las mismas estructuras.
Pero tal vez ese sentido de pertenencia, esa apropiación, sea justamente, aunque muchos censuren el método, los diversos mensajes, nombres, consignas y símbolos que invaden los sitios que más frecuentamos, queremos, a los que pertenecemos.
Todos tenemos un nombre que, en un principio, se nos asigna para diferenciarnos, pero que, sobre todo, nos identifica. Justamente este es una de las apariciones más recurrentes en los lugares que entendemos como nuestros, vale pensar que esto se hace como una manera de marcar territorio, de decir: mi nombre, mi espacio. Es nuestra forma de vivir el entorno, nuestra ciudad imaginada como dice Armando Silva en Identidades urbanas en América Latina e identidades globales. “La ciudad imaginada es aquella que afecta el uso de la ciudad real, es decir, con el urbanismo que tenemos en nuestras mentes usamos la ciudad, la evocamos y construimos identidades”.
Desde la organización, los objetos, lugares, e incluso establecimientos de las ciudades y pueblos están pensados para fines específicos, generalmente muy prácticos, pero la realidad es que los habitantes les dan usos variados y distintos. Las calles, pensadas superficialmente, son para garantizar la movilidad de las personas, pero es bien sabido que éstas tienen una gran importancia para los grupos que habitan la región, su comunicación interpersonal y consumos culturales; los atrios, sitios concebidos como espacios donde están habitualmente las iglesias y monumentos de próceres y héroes locales, se vuelven puntos de encuentro, de observación, de convivencia.
En el municipio de Rionegro, en un espacio de gran afluencia y relevancia, como lo es el parque principal, la mayoría de los mensajes escritos en las paredes contiguas a la iglesia o sobre el busto que imprime un toque de seriedad al lugar, son hechos por sus tribus urbanas. Generalmente aprovechan la ironía del sitio para expresar sus inconformidades políticas, religiosas y sociales.
Pero no sólo palabras de insatisfacción se leen en las fachadas de Rionegro, los grupos también utilizan este medio para mostrar sus inclinaciones, gustos y fanatismos, así en innumerables paredes se pueden observar siglas como LDS (Los del sur) y RXN (Resistencia norte), principales barras de los dos equipos de fútbol más importantes del departamento, Atlético Nacional e Independiente Medellín. La rivalidad entre sus hinchadas es tradicional en la zona, por ello utilizan medios para comunicarle al otro sus sentimientos y presencia. Mi territorio, mi equipo.
Hace poco más de una década, una telenovela llamada Yo amo a Paquita Gallego, mostró y a la vez dio idea de cómo las paredes también son cómplices de los enamorados. Su protagonista armado de aerosol y pasión infestaba cada espacio con su declaración anónima.
En el Oriente el amor se roba también buena parte de los espacios marcados, principalmente y cambiando el escenario, son las sillas del transporte público, los casilleros y puertas de baños los que intentan transmitir un piropo, admiración o desilusión de orden romántica. Siempre se guarda la esperanza de que el generador del cariño pueda observar la proeza que inspiró, así se hubiese escrito donde la otra persona no lo pueda ver…El amor hace que los sentidos se enloquezcan un poco, sino pregúntenle a la amante de Edison que estampó sus sentimientos en el baño de mujeres en la U. de A…
Quizá conmigo funciono el adagio, pero la fachada de muchas estructuras en las ciudades y, por supuesto, municipios del Oriente antioqueño, demuestran lo contrario.
Los mensajes van desde lo simple, en dos contextos diferentes: los espacios y el contenido, hasta complejas expresiones de pensamientos políticos que hace la ciudadanía y registros tristes de la violencia que le ha tocado padecer a esta subregión.
Parece imposible escapar a la tentación de estampar las paredes, sillas de busetas, escritorios universitarios, baños y casilleros, mínimamente con el nombre que nos adorna; pero esa tendencia del hombre a marcar, sobre todo los muros y paredes que le rodean, no es nueva, prueba de ello son las cuevas de Altamira en España y de Lascoux en Francia que cuentan como treinta mil años antes de Cristo ya los primitivos, en sus necesidades básicas de comunicación, usaban la pared natural para registrar su trasegar. Podría decirse que la ausencia de papel justificaba los grabados en las cuevas, pero aún con la aparición de éste, el instinto de expresarse modificando la arquitectura ha permanecido.
Los espacios donde habitamos individual y colectivamente se convierten en parte fundamental de nuestra identidad y la de la comunidad completa, por eso son referentes puntuales de convergencia y reconocimiento social.
Diversas campañas públicas y, los ya mencionados, consejos, intentan concientizar la ciudadanía en pro de la conservación de los lugares y bienes comunes. Se habla de sentido de pertenencia y apropiación que en este caso se traduce en paredes bien pintadas, sillas limpias y puertas engalanadas sólo con el color del material del que están hechas. Se idealiza la ciudad o pueblo como un templo arquitectónico del que sólo son ofrendas las mismas estructuras.
Pero tal vez ese sentido de pertenencia, esa apropiación, sea justamente, aunque muchos censuren el método, los diversos mensajes, nombres, consignas y símbolos que invaden los sitios que más frecuentamos, queremos, a los que pertenecemos.
Todos tenemos un nombre que, en un principio, se nos asigna para diferenciarnos, pero que, sobre todo, nos identifica. Justamente este es una de las apariciones más recurrentes en los lugares que entendemos como nuestros, vale pensar que esto se hace como una manera de marcar territorio, de decir: mi nombre, mi espacio. Es nuestra forma de vivir el entorno, nuestra ciudad imaginada como dice Armando Silva en Identidades urbanas en América Latina e identidades globales. “La ciudad imaginada es aquella que afecta el uso de la ciudad real, es decir, con el urbanismo que tenemos en nuestras mentes usamos la ciudad, la evocamos y construimos identidades”.
Desde la organización, los objetos, lugares, e incluso establecimientos de las ciudades y pueblos están pensados para fines específicos, generalmente muy prácticos, pero la realidad es que los habitantes les dan usos variados y distintos. Las calles, pensadas superficialmente, son para garantizar la movilidad de las personas, pero es bien sabido que éstas tienen una gran importancia para los grupos que habitan la región, su comunicación interpersonal y consumos culturales; los atrios, sitios concebidos como espacios donde están habitualmente las iglesias y monumentos de próceres y héroes locales, se vuelven puntos de encuentro, de observación, de convivencia.
En el municipio de Rionegro, en un espacio de gran afluencia y relevancia, como lo es el parque principal, la mayoría de los mensajes escritos en las paredes contiguas a la iglesia o sobre el busto que imprime un toque de seriedad al lugar, son hechos por sus tribus urbanas. Generalmente aprovechan la ironía del sitio para expresar sus inconformidades políticas, religiosas y sociales.
Pero no sólo palabras de insatisfacción se leen en las fachadas de Rionegro, los grupos también utilizan este medio para mostrar sus inclinaciones, gustos y fanatismos, así en innumerables paredes se pueden observar siglas como LDS (Los del sur) y RXN (Resistencia norte), principales barras de los dos equipos de fútbol más importantes del departamento, Atlético Nacional e Independiente Medellín. La rivalidad entre sus hinchadas es tradicional en la zona, por ello utilizan medios para comunicarle al otro sus sentimientos y presencia. Mi territorio, mi equipo.
Hace poco más de una década, una telenovela llamada Yo amo a Paquita Gallego, mostró y a la vez dio idea de cómo las paredes también son cómplices de los enamorados. Su protagonista armado de aerosol y pasión infestaba cada espacio con su declaración anónima.
En el Oriente el amor se roba también buena parte de los espacios marcados, principalmente y cambiando el escenario, son las sillas del transporte público, los casilleros y puertas de baños los que intentan transmitir un piropo, admiración o desilusión de orden romántica. Siempre se guarda la esperanza de que el generador del cariño pueda observar la proeza que inspiró, así se hubiese escrito donde la otra persona no lo pueda ver…El amor hace que los sentidos se enloquezcan un poco, sino pregúntenle a la amante de Edison que estampó sus sentimientos en el baño de mujeres en la U. de A…
Silvana Escobar Arias
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