Amad la muerte, amadla... Ella procura el supremo descanso, ella nos guía en el camino del silencio, es fría pero buena;...ella mata la amargura.
(Julio Flórez)
(Julio Flórez)
La vida humana siempre ha estado marcada por un propósito, siguiendo un mismo ciclo; el hombre nace, crece, se reproduce y muere, y la reproducción es indispensable y fundamental pues es la forma que tiene el hombre de “inmortalizarse”, de perpetuarse en el mundo. Pero la muerte es tomada, sencillamente, como el fin de la vida.
El ser humano empieza a reconocer la muerte hace 120.000 años, cuando el Homosapiens Nearderthalensis hace los primeros enterramientos de sus muertos. Desde entonces la muerte, en toda cultura y religión, ha tenido un reconocimiento especial aunque, cada una, según sus tradiciones, costumbres y creencias.
Por ejemplo, para la cultura judía la muerte es la separación de la dimensión física y espiritual. Platón dice que “El cuerpo es la cárcel del alma”, y esta afirmación puede sustentar la creencia judía; si el cuerpo muere, se anula la cárcel y el alma queda libre, por lo tanto hay separación de la dimensión física y la espiritual, o sea el alma. Pero no por que lo diga Platón significa que sea cierto.
Para nuestras culturas ancestrales la muerte era un regalo. Hacían una gran fiesta al miembro de su comunidad que había fallecido, pues creían que los dioses lo habían llamado para una misión especial.
“Quizá morir es un gran sueño que no tiene fin ¿o será otro paso para volver a vivir?” [1] pues nuestra religión cristiana católica afirma que la muerte es un paso para encontrarnos con Dios, es nacer a la vida eterna, por lo tanto también es un regalo o una recompensa, pero ¿Quién ha visto que en su pueblo se haga una gran fiesta celebrando la muerte de alguien? Parece que en lo que a este tema concierne, los sacerdotes han hecho un poco mal su trabajo. La mayoría de las personas temen a la muerte pero sin saber que es lo que realmente les causa ese miedo ¿es temor a lo desconocido? Talvez sí o tal vez no, lo que si es seguro es que nadie, por más cristiano o católico que sea, ve la muerte como un regalo, como algo bueno y menos como un motivo de celebración por que se va a encontrar con Dios. La muerte para nuestra cultura es, más bien, un símbolo de castigo.
Pero hay fenómenos realmente extraños que nadie ha cuestionado y que siempre ocurren cuando hay un deceso. Por ejemplo ¿Por qué lloramos cuando muere alguien muy cercano a nosotros? ¿Acaso nuestro llanto es motivado, realmente, por el hecho de la muerte de esa persona? Me atrevería a afirmar que no; No lloramos por quien se va, lloramos por los que se quedan. El llanto es producido por una sensación de soledad y abandono. Se muere la persona que nos escucha, que nos ama, que nos da de comer, que nos da dinero… lloramos por nuestro egoísmo, por que al morir esa persona ¿Quién nos va a escuchar, a amar, a dar de comer, a dar dinero…? Incluso desde la música se ha expresado esta idea: “No te vallas no te mueras por favor regresa ya, que tus padres tu familia sin ti no resistirá”[2] si la religión católica nos enseñó que al morir se vive eternamente, deberíamos alegrarnos, pues ya vive en la gloria de Dios y si no es así, que más da, igual, ya no está. Pero nos resulta casi imposible concebir nuestra vida de ahí en adelante que estaba condicionada en ciertas cosas a esa persona.
Para soportar lo dicho anteriormente sugiero dos situaciones. Primero, cuando una persona se ha mantenido en estado de coma por mucho tiempo y muere, la familia está tranquila y en cierto modo –ahora sí- feliz de su muerte; esto ocurre porque esa persona ya no les aportaba nada y cuando muere, la expresión más común entre familiares y allegados es “descansó el/ella y descansamos nosotros”. Segundo, si lo que realmente nos duele es la muerte ¿Por qué no reaccionamos igual ante cualquier deceso? ¿Por qué cuando en la televisión muestran una o varias muertes naturales, incluso masacres múltiples, no palidecemos y lloramos como cuando muere alguien cercano a nosotros? La respuesta es muy sencilla: por que no tiene que importarnos la muerte de alguien que nada nos quita ni nada nos pone.
Hay algo muy paradójico y es una frase coloquial que dice “No hay muerto malo”, y es algo relativamente cierto. Pero es que cuando el muerto no está relacionado con nosotros ni nos afecta directamente, entonces, lo que hacemos es montar todo un show alrededor del acontecimiento. Basta con pasar por una sala de velación y mínimo una persona esta averiguando la identidad del difunto, cómo murió y toda su vida si es posible. Una ceremonia fúnebre en nuestra cultura es sinónimo de luto, llanto, dolor y tristeza, pero también es el lugar ideal y propicio para curiosos, chismosos y otros tantos que siempre están buscando como alimentar su morbo. Pero la religión -o la iglesia- no se queda atrás y también colabora con el espectáculo; o sino como definir, en la eucaristía que precede el entierro, una ceremonia que supuestamente es sagrada, a un sacerdote que pasa puesto a puesto con su canastilla recogiendo la “ofrenda” de los dolientes ¿Será que Dios cobra por recibir un alma en su eterno reino de misericordia?
En fin, no se trata de negarle un último homenaje a quien partió hacia lo desconocido pero, al menos por un momento, dejar de pensar en nosotros y alegrarnos por esa persona que quizá esté mejor de lo que pudo estar en este mundo cruel y despiadado.
Pero ¿quien asegura que realmente morimos al momento de “morir”? ¿Acaso es descabellado pensar que este estado físico al que llamamos vida sea en realidad la muerte y lo que llamamos muerte sea en realidad nacer o empezar a vivir? Todo depende de la percepción, lo que si se debe tener en cuenta es que a la muerte no hay que temerle, más bien, hay que respetarla.
“No digáis que murió. Vedla risueña, decid, más bien, que se durmió y que sueña con un río, una nube y un lucero”[3]
Al otro lado, en una dimensión, probablemente, paralela a esta, está la huesuda. Esa que personificamos como un esqueleto de hábito negro y su gran hoz en una mano, está sentada en su trono, en una gigantesca silla de huesos de dragón y ella nos acompaña en nuestro dolor; la muerte está llorando. Pero no lo hace por el alma que se acaba de llevar y que ahora hace parte de su dimensión, de hecho, según Julio Flórez, para ella es divertido “Llora el hombre… y llora y llora… y el llanto la faz deslíe; la carne acaba, y, entonces, la calavera se ríe”[4]; en realidad la muerte llora por los vivos; llora por nosotros, desgraciados, que aun tenemos nuestra alma presa en una cárcel que alimentamos de lujuria, egoísmo, vanidad, venganza y placeres efímeros.
Ya lo dice el mismo poeta Flórez “Y además, de una vez sabe que toda humana hermosura, no es más… no es más que un bocado que va al vientre de las tumbas”[5]
La muerte llora porque mientras adornamos nuestro cuerpo, el alma se nos pudre más y más y cuando la muerte esté lista para llevársela ya no le va a servir y nuestra alma quedara condenada a vagar eternamente, o quizá, hasta el propio universo la rechace.
[1] Tronic, de su canción Brasil.
[2] Fértil Miseria, de su canción Visiones de la muerte.
[3] Robledo Ortiz, Jorge. Mi antología. Medellín, Colombia: Editorial Letras. 1984
[4] http://orbita.starmedia.com/~julioflorezred/poemas/lloraelh.html
[5] Julio Flórez, de Gotas de ajenjo.
Eisen Hawer López Chica
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