martes, 2 de junio de 2009

Las lágrimas de la muerte

Amad la muerte, amadla... Ella procura el supremo descanso, ella nos guía en el camino del silencio, es fría pero buena;...ella mata la amargura.
(Julio Flórez)


La vida humana siempre ha estado marcada por un propósito, siguiendo un mismo ciclo; el hombre nace, crece, se reproduce y muere, y la reproducción es indispensable y fundamental pues es la forma que tiene el hombre de “inmortalizarse”, de perpetuarse en el mundo. Pero la muerte es tomada, sencillamente, como el fin de la vida.
El ser humano empieza a reconocer la muerte hace 120.000 años, cuando el Homosapiens Nearderthalensis hace los primeros enterramientos de sus muertos. Desde entonces la muerte, en toda cultura y religión, ha tenido un reconocimiento especial aunque, cada una, según sus tradiciones, costumbres y creencias.
Por ejemplo, para la cultura judía la muerte es la separación de la dimensión física y espiritual. Platón dice que “El cuerpo es la cárcel del alma”, y esta afirmación puede sustentar la creencia judía; si el cuerpo muere, se anula la cárcel y el alma queda libre, por lo tanto hay separación de la dimensión física y la espiritual, o sea el alma. Pero no por que lo diga Platón significa que sea cierto.
Para nuestras culturas ancestrales la muerte era un regalo. Hacían una gran fiesta al miembro de su comunidad que había fallecido, pues creían que los dioses lo habían llamado para una misión especial.
“Quizá morir es un gran sueño que no tiene fin ¿o será otro paso para volver a vivir?” [1] pues nuestra religión cristiana católica afirma que la muerte es un paso para encontrarnos con Dios, es nacer a la vida eterna, por lo tanto también es un regalo o una recompensa, pero ¿Quién ha visto que en su pueblo se haga una gran fiesta celebrando la muerte de alguien? Parece que en lo que a este tema concierne, los sacerdotes han hecho un poco mal su trabajo. La mayoría de las personas temen a la muerte pero sin saber que es lo que realmente les causa ese miedo ¿es temor a lo desconocido? Talvez sí o tal vez no, lo que si es seguro es que nadie, por más cristiano o católico que sea, ve la muerte como un regalo, como algo bueno y menos como un motivo de celebración por que se va a encontrar con Dios. La muerte para nuestra cultura es, más bien, un símbolo de castigo.
Pero hay fenómenos realmente extraños que nadie ha cuestionado y que siempre ocurren cuando hay un deceso. Por ejemplo ¿Por qué lloramos cuando muere alguien muy cercano a nosotros? ¿Acaso nuestro llanto es motivado, realmente, por el hecho de la muerte de esa persona? Me atrevería a afirmar que no; No lloramos por quien se va, lloramos por los que se quedan. El llanto es producido por una sensación de soledad y abandono. Se muere la persona que nos escucha, que nos ama, que nos da de comer, que nos da dinero… lloramos por nuestro egoísmo, por que al morir esa persona ¿Quién nos va a escuchar, a amar, a dar de comer, a dar dinero…? Incluso desde la música se ha expresado esta idea: “No te vallas no te mueras por favor regresa ya, que tus padres tu familia sin ti no resistirá”[2] si la religión católica nos enseñó que al morir se vive eternamente, deberíamos alegrarnos, pues ya vive en la gloria de Dios y si no es así, que más da, igual, ya no está. Pero nos resulta casi imposible concebir nuestra vida de ahí en adelante que estaba condicionada en ciertas cosas a esa persona.
Para soportar lo dicho anteriormente sugiero dos situaciones. Primero, cuando una persona se ha mantenido en estado de coma por mucho tiempo y muere, la familia está tranquila y en cierto modo –ahora sí- feliz de su muerte; esto ocurre porque esa persona ya no les aportaba nada y cuando muere, la expresión más común entre familiares y allegados es “descansó el/ella y descansamos nosotros”. Segundo, si lo que realmente nos duele es la muerte ¿Por qué no reaccionamos igual ante cualquier deceso? ¿Por qué cuando en la televisión muestran una o varias muertes naturales, incluso masacres múltiples, no palidecemos y lloramos como cuando muere alguien cercano a nosotros? La respuesta es muy sencilla: por que no tiene que importarnos la muerte de alguien que nada nos quita ni nada nos pone.
Hay algo muy paradójico y es una frase coloquial que dice “No hay muerto malo”, y es algo relativamente cierto. Pero es que cuando el muerto no está relacionado con nosotros ni nos afecta directamente, entonces, lo que hacemos es montar todo un show alrededor del acontecimiento. Basta con pasar por una sala de velación y mínimo una persona esta averiguando la identidad del difunto, cómo murió y toda su vida si es posible. Una ceremonia fúnebre en nuestra cultura es sinónimo de luto, llanto, dolor y tristeza, pero también es el lugar ideal y propicio para curiosos, chismosos y otros tantos que siempre están buscando como alimentar su morbo. Pero la religión -o la iglesia- no se queda atrás y también colabora con el espectáculo; o sino como definir, en la eucaristía que precede el entierro, una ceremonia que supuestamente es sagrada, a un sacerdote que pasa puesto a puesto con su canastilla recogiendo la “ofrenda” de los dolientes ¿Será que Dios cobra por recibir un alma en su eterno reino de misericordia?
En fin, no se trata de negarle un último homenaje a quien partió hacia lo desconocido pero, al menos por un momento, dejar de pensar en nosotros y alegrarnos por esa persona que quizá esté mejor de lo que pudo estar en este mundo cruel y despiadado.
Pero ¿quien asegura que realmente morimos al momento de “morir”? ¿Acaso es descabellado pensar que este estado físico al que llamamos vida sea en realidad la muerte y lo que llamamos muerte sea en realidad nacer o empezar a vivir? Todo depende de la percepción, lo que si se debe tener en cuenta es que a la muerte no hay que temerle, más bien, hay que respetarla.
“No digáis que murió. Vedla risueña, decid, más bien, que se durmió y que sueña con un río, una nube y un lucero”[3]
Al otro lado, en una dimensión, probablemente, paralela a esta, está la huesuda. Esa que personificamos como un esqueleto de hábito negro y su gran hoz en una mano, está sentada en su trono, en una gigantesca silla de huesos de dragón y ella nos acompaña en nuestro dolor; la muerte está llorando. Pero no lo hace por el alma que se acaba de llevar y que ahora hace parte de su dimensión, de hecho, según Julio Flórez, para ella es divertido “Llora el hombre… y llora y llora… y el llanto la faz deslíe; la carne acaba, y, entonces, la calavera se ríe”[4]; en realidad la muerte llora por los vivos; llora por nosotros, desgraciados, que aun tenemos nuestra alma presa en una cárcel que alimentamos de lujuria, egoísmo, vanidad, venganza y placeres efímeros.
Ya lo dice el mismo poeta Flórez “Y además, de una vez sabe que toda humana hermosura, no es más… no es más que un bocado que va al vientre de las tumbas”[5]
La muerte llora porque mientras adornamos nuestro cuerpo, el alma se nos pudre más y más y cuando la muerte esté lista para llevársela ya no le va a servir y nuestra alma quedara condenada a vagar eternamente, o quizá, hasta el propio universo la rechace.


[1] Tronic, de su canción Brasil.
[2] Fértil Miseria, de su canción Visiones de la muerte.
[3] Robledo Ortiz, Jorge. Mi antología. Medellín, Colombia: Editorial Letras. 1984
[4] http://orbita.starmedia.com/~julioflorezred/poemas/lloraelh.html

[5] Julio Flórez, de Gotas de ajenjo.
Eisen Hawer López Chica

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La misma Historia

La vida humana es tan frágil, tan miserable, tan efímera… No hace falta tener ochenta o noventa años para esperar la muerte; tampoco hace falta estar enfermo de gravedad; por más estúpido o risible que parezca, lo único que hace falta para morir, es estar vivo.
Relatar de nuevo esa historia, aparte de ser repetitivo, es doloroso. Ya los medios pasaron, hasta el hastío, por sus micrófonos, cámaras, y páginas, la tragedia de la familia Ortiz y la familia Jaramillo; Esa que fue también la tragedia del pueblo cejeño.
Pero a los medios se les olvidó mostrar algo. Ninguno presentó el dolor que yo estaba sintiendo por lo ocurrido, ni lo que tenía para decir. Todos los medios se olvidaron de mí y aún no me explico por qué. Ah, claro. Ha de ser porque asistí al velorio justo cuando no había cámaras buscando insensatamente el llanto y la tristeza de las personas; o quizá fue porque no soy alcalde ni concejal, y tampoco luzco corbata y gafas oscuras para disfrazar una tristeza que, igualmente, va a saltar de los lentes y se va a confundir con la tristeza ajena, la misma que todos sentíamos; o tal vez porque pasé casi cuatro días encerrado en mi habitación, llorando y tratando de asimilar la muerte de una amiga y de otros conocidos. A los medios se les olvidó mencionar que Paola era mi amiga.
La conocí hace aproximadamente tres años, por coincidencias de la vida, pues ambos solíamos ir a lo que se conoce como “El Oratorio”, en el colegio Salesianos. Nos hicimos buenos amigos, no sólo de sábados –que era los días que asistíamos al oratorio- yo también iba a su casa y me hice amigo de sus cuatro hermanitos (también fallecidos en el accidente) y entablé una buena relación con su papá Diego (igualmente fallecido) y su mamá Olga (única sobreviviente del accidente).
Por esas cosas que uno no logra comprender dejamos de vernos por un largo tiempo. Quizá ya a ninguno de los dos nos quedaba espacio por nuestros estudios y estábamos más dedicados a otras cosas. Nos veíamos ocasionalmente en las calles y nos saludábamos como dos conocidos. La última vez que hablé con ella, recuerdo que me abrazó, pero eso fue hace mucho.
Ni siquiera estaba enterado de sus planes religiosos en el futuro; tampoco sabía que era la personera de su colegio y mucho menos que ya no vivía en aquella casa del barrio El Paraíso, donde alguna vez me invitó a comer las ricas empanadas que hacía su mamá.
Ahora que no está, desempolvé un afiche que me había regalado, de esa muñeca (Pucca) que tanto odio y que dice “Por ti hago lo que sea”, y no he parado de ver la foto de mis grados en la que estoy con ella. No dejo de lamentarme y como siempre sucede, quisiera que estuviera viva para decirle muchas cosas, para robarle ese beso que nunca le robé porque era muy cobarde, a pesar de que sabía que ella quería. Es triste que todos esos instantes se vallan de un momento a otro. Son esas cosas que, como todo, tienen un principio pero que uno quisiera que no tuvieran un final.
A Paola no pude verla en su ataúd, ya que el cuerpo fue encontrado el mismo jueves, 18 de junio (según la emisora local Celeste estéreo. Los medios nacionales habían dado una información errada) día en el que estaba programado el entierro colectivo.
Tal vez ese ha sido uno de los motivos por el que aún no logro superarlo. Dicen que ver a los muertos es bueno para asimilar su partida. Yo me quedé con una última imagen suya, apenas unas horas antes de su muerte y después de más de medio año de no verla. Estaba ahí, parada en la esquina de la ye, como si esperara mi paso para decirme con una sonrisa “hola”, y con su mirada “adiós”.
Ahora que Paola se ha ido nuestra relación no ha cambiado mucho. No nos vemos, no hablamos… Pero lo que más me entristece es saber que, como ella, no somos ni valemos nada para el mundo. La vida humana puede significar mucho, pero a la vez se va en milésimas de segundo. Por ejemplo, en lo que tarda una camioneta en caer a un río.
El colegio Maria Josefa Marulanda, el mismo que fuera el templo de aprendizaje de Paola, Mateo y Sarita, ahora se llenaba con el frío de sus cadáveres y el de sus familiares, y la mirada de decenas de dolientes y curiosos que acudieron masivamente al velorio y al entierro.
Esa tarde La Ceja vivió un ambiente de Apocalipsis. El aire era denso, como si la tristeza pesara, literalmente. A pesar de la muchedumbre reunida en el parque principal y en la Basílica menor, era aterradora la sensación de soledad. Era imposible salir a las calles y no ver a la muerte, con su hábito negro y su Oz en la mano, caminando de un lado para otro, riéndose de ella misma y escuchando el eco que producían sus pasos en medio de la multitud.
Han sido días difíciles. Todos los canales de televisión mostraban la tragedia hasta tres veces al día. A eso se le suma la noticia de la madre que mató a su niño recién nacido, y salió llorando ante el mundo pidiendo que le devolvieran a su hijo. Ahora entiendo por qué en Colombia no hay superhéroes. Es que los superhéroes sólo luchan contra seres extraños, mutantes o extraterrestres: Duende Verde, Guazón, Lex Luthor, el como se llame hombre de arena enemigo de Spider Man… ninguno de ellos humano, al menos no completamente. Es que contra la maldad, el odio y el rencor humano, no hay nada que se pueda hacer. La humanidad está inminentemente condenada.
Aún así, hay gente que no pierde la fe. Olga Teresita Ramírez, después de sepultar a su esposo y a sus cinco hijos, dice estar tranquila. Cree que si dios no la dejó morir es porque aún tiene una misión que cumplir en este mundo y sigue manteniéndose firme, claro está, “gracias a dios”.
Pensar así, sí que es un acto de nobleza y resignación. Yo más bien pienso que lo que le pasa a doña Olga es una venganza ¿Por qué? No lo se. Quizá ella no tenga porqué estar pagando esa pena, pero ese dios vengativo descargó en ella toda la ira que sentía contra esta podrida humanidad. No encuentro otra explicación.
Una vez más, ese dios imaginario, ese que los humanos se han inventado –así como se inventaron al ratón Pérez y al conejo de pascua- se divierte a costa de nuestras lágrimas. El mismo dios al que doña Olga ora todas las noches para que le de valor y no desfallecer; Ese mismo que le arrebató a su familia y dejó morir a esas personas cuando se encaminaban a pagar una promesa por un favor que “él mismo” les había concedido. Cómo es que un dios que es todo amor y bondad permite algo así. Ah, perdón. Cómo culpar a dios, si la culpa fue de un tronco que había en medio de la carretera, y también de ésta por estar mojada. Dios sólo era un espectador silencioso y un testigo irrelevante de esta tragedia.
Sí, injustas y dolorosas ironías del destino. Pero la vida sigue; lastimosamente, lo creo a veces. Esta tragedia nos conmovió a todos. Lloramos unos días, pero en unos cuantos lo recordaremos como una historia más. Es duro, sí, pero cierto. Lo único que me consuela es saber que soy humano y que también he de morir algún día.
Eisen Hawer López Chica

La muerte también ama

“El amor es como un dolor de muelas”, o por lo menos lo era para Luís Tejada. Pero yo no creo que el amor sea como un dolor de muela, no sería suficiente definirlo así. ¿Qué podría ser peor que un dolor de muela? Tal vez un cólico menstrual, o una migraña, o una peladura en las encías justo encima de los dientes delanteros.
El amor es una combinación de las cosas más hermosas, deliciosas y placenteras, con las más horribles, asquerosas y dolorosas. El amor podría ser una barra de 2x2 metros de chocolate blanco, y podría ser un nacido en las posaderas; podría ser un inmenso jardín de rosas, violetas, girasoles y orquídeas, y podría ser un frívolo y tenebroso cementerio, abandonado, incluso, por sus propios muertos; podría ser reír hasta que nos duela el estómago, y podría ser llorar hasta que nos duela el alma… todos esos placeres y dolores son similares pero inferiores a los que causa el amor.
Pero quizá lo que más se parezca al amor sea un parto; el angustioso y muy eterno dolor de un parto. Claro que, obviamente, nunca seré madre ni tendré la desgracia de parir, pero por lo que sé, el dolor de un parto podría ser mayor que un dolor de muelas. Y qué mejor analogía que esa. Cuando una mujer queda embarazada, está feliz (la mayoría de las veces), disfruta de su embarazo cargando en su vientre y cuidando a quien será vida de su vida. Durante nueve meses todo son mimos y cuidados, pero se llega la hora del parto. La felicidad que debería sentir la madre es empañada por el intenso dolor que le produce la criatura que está apunto de salir de su cuerpo. Después de dar a luz, la madre está feliz de nuevo y, probablemente, su dolor ha pasado.
Así es el amor. Cuando alguien se enamora está feliz. Siente que esa otra persona es parte, no sólo de su vida, sino también de su cuerpo; ambos son un solo ser. Cuando se está en la etapa del enamoramiento, todo son mimos y cuidados, besos y caricias, palabras lindas y felicidad. Cuando el amor empieza a acabarse y se vuelve insoportable la situación, llega la hora del “parto”. Sin duda, la parte más difícil de estar enamorado es la de desenamorarse. Sacar del corazón (o de donde sea que se meta) a esa otra persona, es un proceso mucho más largo, torturante y doloroso que un parto. Ojalá desenamorarse fuera tan fácil como parir; soportar dolor por unos minutos, pero pujando varias veces se sale ese otro ser del cuerpo. Tener que olvidar es peor. Cambiaría mil veces el dolor que se siente después de haber amado con locura a alguien, por el de un parto o un dolor de muelas, después de todo, el dolor físico hace menos daño que el que nos produce el amor. Siempre he tenido presente que quien ama está condenado a sufrir, pero hay quienes dicen que no es cierto, que también existen personas que se aman hasta la muerte; precisamente, nuestra cultura nos enseñó que la muerte nos debe doler y, por lo tanto, hacernos sufrir.
El mundo sería mucho mejor si no existiera la necesidad de amar. Si lo que se necesita es procrear, se puede hacer sin tener que amar a la otra persona.
Siempre he pensado qué haría si algún día encontrara una lámpara mágica y al frotarla, un genio me concediera un deseo. Creo que le pediría que me permitiera encontrar a ese tal cupido, mirarlo a los ojos y, antes de dispararle en el corazón, decirle “Ya no volverás a causar sufrimiento al mundo”. Es que cupido es lo más inoportuno y desocupado del mundo. Qué necesidad tiene de andar con su arco, flechando corazones y causando dolores y sufrimientos. Pensándolo bien, en vez de matar a cupido, le clavaría una de sus flechas y así le causaría un dolor mayor que si lo mato de una vez; igual, el amor lo va a matar lentamente.
Todo aquel que esté aburrido con la vida y no tenga el valor suficiente para suicidarse, sólo tiene que hacer algo: enamorarse. El fin será el mismo que si se envenena, dispara, o cuelga por el cuello de una cuerda, pero el dolor que causa el amor es mucho más placentero y torturante y podría llevar a amar la muerte, tal como ella nos ama y espera por nosotros.
Eisen Hawer López
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